Muebles y utensilios domésticos (I)
En los últimos veinte años, el ajuar doméstico ha cambiado notablemente. han aparecido muebles que nunca existieron como la Televisión, el Frigorífico, y otros que aunque existieran no se usaban en las casas corrientes, como el mueble-bar.
En los años de mi primera infancia, 1.928 a 1.930, aún no se había generalizado el uso de la electricidad, y en las casas se utilizaba la luz de gas, con la particularidad de que no existía aún el contador, sino un interruptor que funcionaba con monedas (como hoy los teléfonos públicos). Se echaba una moneda, y se tenía gas durante una hora. Cuando se empezaba a debilitar la luz era señal de que se estaba agotando el tiempo, y había que echar otra moneda.
Una vez al mes venía el cobrador de la Compañía del Gas, y recogía las monedas, con lo que se ahorraban el trabajo burocrático de hacer los recibos y cobrarlos. El depósito para las monedas estaba calculado para que cupieran todas las que se podían utilizar durante los 30 días del mes.
No solamente se utilizaba la luz de gas. Todavía era muy usado el quinqué de petróleo, y el velón de aceite. El quinqué tenía en torno a la salida del petróleo una «camisa» especie de mecha hueca, que se ponía incandescente y daba una luz bastante aceptable. Una vez encendido se cubría con un tubo de cristal abierto por arriba para que entrase el aire necesario para la combustión.
Pero lo más clásico era el velón de aceite, recipiente con cuatro tubos laterales por cada uno de los cuales asomaba una mecha que se encendía. Estas cuatro luces simultáneas de aceite eran bastantes para iluminar la mesa y poder escribir. El velón era de cobre, y elaborado en el pueblo de Lucena de Córdoba. Los había muy artísticos, y siempre provistos de un pie, para que la luz quedase a dos cuartas de altura sobre la mesa, y con un asa para transportarlo.
Otro artilugio para alumbrarse era la «capuchina», pequeño recipiente
con una mecha, y provisto de mango como o asa, para llevar la luz de un lado a otro de la casa. También era de cobre como el velón, y ardía con aceite, pero de una sola luz en vez de las cuatro del velón.
En las habitaciones, incluso en las casas que tenían gas, abundaban Las velas. En la mesilla de noche se solía tener una “palmatoria” que venía a ser como un plato pequeño, con un asa, y en cuyo centro había un cilindro hueco en donde podía meterse el extremo de una vela. La palmatoria y la caja de cerillas permitían encender una luz a media noche sin tener recurrir a los complicados esfuerzos de encender la luz de gas, que exigía bajar la lámpara mediante una polea, encenderla, y volver a remontarla hasta el techo, en lo que se tardaban varios minutos. Por esta lentitud en encender la luz de gas, se seguía usando para cosas momentáneas las velas.
Otra luz que solía tenerse en las casas era la «mariposa» que consistía en un simple vaso de cristal conteniendo aceite, sobre el que flotaba una pequeña mecha, sostenida por un trozo circular de corcho muy fino, casi del grueso de un papel, y del diámetro de una moneda. La mariposa daba una lucecita muy tenue, pero suficiente para mantener una ligera claridad en la habitación durante toda la noche lo que permitía vigilar a los bebés durante el sueño por si se despierta.
Además había faroles, de varillas de hierro, con cristales, que se podían transportar y que llevaban en su interior una vela. Los cristales, en sus cuatro caras, permitían protegerlos del viento y se usaban para salir al patio o a la huerta. Todavía en el interior de las ciudades quedaban muchas casas con jardín o huerta. En Sevilla eran famosas entre otras la Huerta de los Perros, en la calle Martínez Montañés, y las huertas de las casas de la calle Pascual de Gayangos, y calle Santa Clara.
En algunas casas se utilizaba el candil, que solía ser de hojalata gruesa o chapa de hierro, que lo hacían los gitanos. Funcionaba con aceite y una mecha, y conservaba incluso la forma de los candiles de la época romana. Estos se han usado, no sólo en casas corrientes hasta los años 1.920 a 1.930 sino que en suburbios desprovistos de electricidad, yo los he visto en pleno uso en los años 1.960, cuando había inundaciones del Guadalquivir en las barriadas del Manchón, Las Erillas, y el Charco de la Pava, el Tejar del Mellizo, la Haza del Teniente, la Haza del Huesero, todos ellos en Triana, y en la Vereda de Valdezorras. Las chozas o chabolas de aquellos barrios suburbiales, tenían candiles para alumbrarse.
En las industrias del extrarradio, a donde no llegaba la electricidad aún, ni la conducción del gas, así como en los comercios ambulantes, puestos de turrón y de baratijas en las ferias, etc. se utilizaba para alumbrarse el carburo. Era un recipiente de hierro herméticamente cerrado, con un pequeño orificio. Dentro se echaba un trozo de mineral de carburo y agua, lo que desprendía un gas combustible, y al salir el chorro de gas por el orificio se le prendía con una cerilla. La llama de gas de carburo era blanca y muy luminosa. El único inconveniente era su precio, por lo que no se usaba para alumbrado doméstico.
Añadiremos aquí un dato curioso. Una vez gastado el carburo, que ya había dado todo el gas, quedaba en el recipiente un residuo, semejante a barro de color blanco ceniciento. Este residuo o poso, era muy apreciado para blanquear las paredes, porque tenía maravillosas propiedades insecticidas. La gente pobre iba a las industrias y talleres donde se utilizaba el carburo para alumbrado, (o para la soldadura), y pedían los residuos, que después, disueltos en agua, empleaban para blanquear los dormitorios, lo cual eliminaba la mayoría de los mosquitos, chinches y otros insectos molestos….
© 1982 Jose María de Mena
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