Torre de Don fabrique

¿Conocen la Leyenda de la Torre de Don Fadrique?

¿Por qué hay una torre defensiva dentro de las murallas de Sevilla? ¿qué secretos esconde esa torre, que no se usa desde el siglo XIII?

El poderoso rey Don Fernando III, llamado el Santo, había estado casado en su mocedad, con la reina doña Beatriz de ilustre estirpe europea, emparentada con las principales Suabia, casas reinantes de su época. Fue doña Beatriz de Suabia modelo de prudencia y virtud, y dió al rey varios hijos, siendo el primero de ellos el príncipe don Alfonso, llamado El Sabio, y que después de la muerte de San Fernando ocuparía el trono de Castilla y León con el nombre de Alfonso X el Sabio, y el menor el infante don Fadrique. 

Pero ocurrió que doña Beatriz de Suabia había muerto, y el rey san Fernando, por consejo de sus ministros y prelados contrajo nuevo matrimonio, encontrándose ya en edad mayor, con casi cincuenta años. Esta segunda boda tenía principalmente finalidad política, pues se trataba de entablar relaciones de amistad con Francia, a cuya familia real pertenecía doña Juana de Pointiheu, que así se llamaba la dama elegida para desposar con Fernando III.

La diferencia de edad entre el rey y su nueva esposa era demasiado grande, pues ella apenas contaba diecisiete años. Vino a Castilla con gran acompañamiento, que se despidió y volvió para Francia tan pronto como dejaron a la bella, rubia, y jovencísima Juana, casada con el monarca español, en Toledo.

Poco después el rey ponía en marcha sus tropas para conquistar Córdoba, y más tarde Sevilla.

Las campañas tuvieron al rey alejado de la reina, y más aún sus continuos ejercicios de piedad, pues no en vano se le conoce con el sobrenombre de «El Rey Santo» aún mucho antes de y canonización. Y aunque por cumplir como caballero Y Cristiano se acercó a ella algunas veces, fué solamente por obligación de conyugal, así que la joven reina tuvo unos hijos, más como deber que como placer matrimonial, y sin haber llegado a gustar las verdaderas mieles del matrimonio.

Así las cosas, el rey San Fernando la trajo a Sevilla, y se aposentaron a vivir en el Alcázar, donde entre las preocupaciones estaba la enfermedad que había contraído al pasar el Río Guadalquivir, y de la que nunca se repuso, tampoco prestó demasiada atención a la reina.

De ella apenas sabemos más sino que recibió rica dote de las ganancias del repartimiento de Sevilla, y que asistió a los últimos momentos del rey cuando éste murió cuatro años después, tal como la vemos con el rostro cubierto con un velo, en el célebre cuadro titulado «La comunión de San Fernando» en que se ve al rey moribundo recibiendo el viático, pintado por Virgilio Mattoni, en Museo Provincial de Bellas Artes.

Así pues, doña Juana de Pontiheu quedó viuda, joven, bella, lozana, sin haber sabido realmente lo que es tener un marido. Y tras los funerales de San Fernando se encontró viuda, sola en el Alcázar, sin más compañía que sus doncellas y sus pájaros de cetrería, halcones peregrinos, gavilanes, y neblíes, con los que se distraía en cazar, echándolos a volar desde su guante de cuero, al azul cielo sevillano, paseando por los jardines del Alcázar, y por la Huerta del Retiro que daba adonde hoy están los Jardines de Murillo.

Poca compañía para una viuda, joven y bella, que no tenía parientes en Sevilla, porque su única familia eran los senescales de Borgoña, y sus hermanas y primas que estaban en la corte de Francia.

Para acentuar su soledad, sus hijos aún pequeños, tenían que estar separados de ella, educándose con arreglo al uso castellano, en manos de ayos y amas, sin más relación con la madre que darle un beso cada noche a la hora de irse a acostar. 

Ocurrió que cierto día vino al Alcázar el infante don Fadrique, hijo de san Fernando, Y por tanto hijastro de doña Juana. Este Don Fabrique tenía la misma edad que ella, Pues debía andar Por entre veinticinco y veintiseis años. Nunca había residido en Sevilla porque andaba mandando tropas por la frontera de los moros de Málaga y Granada. Había llegado a Sevilla, Y se consideró obligado el protocolo, a acudir a presentar sus respetos a la reina viuda

 La encontró en el jardín, dedicada ella como solía, a cazar con su halcón favorito. Don Fadrique elogió al bello halcón: —Estos pájaros son más hidalgos que muchos ministros de los que gobiernan el reino con mi hermano el rey Don Alfonso.

—No digáis esas cosas, infante. Pueden oírnos y se disgustaba el rey.

—No hablo en broma, señora. ¿No sabéis que en Castilla los halcones son considerados como hidalgos? ¿No habéis oído nunca el refrán de “más hidalgo que un halcón»? Estas aves ¿no habéis notado con qué honor cazan?

Doña Juana rio:

—No os entiendo, infante. No sé qué queréis decir con esas palabras, de «cazar con honor», No sé diferenciar esos matices en

la caza.

—Pues si queréis, señora, os invitaré a cazar, pero no aquí en la ciudad, porque la verdadera caza no consiste en matar los palomos de las azoteas de los vecinos con vuestro halcón. Hay que salir a campo abierto, y mejor cerca del río, donde se posan a beber las aves.

Al día siguiente, la reina viuda salió con el Infante don Fadrique a cazar junto al Guadalquivir La sorpresa cundió en el Alcázar porque no era costumbre en una reina viuda se entregase a paseos, sino solamente a rezar. 

Pero las salidas, a pesar de las mal disimuladas críticas continuaron.

Empezó el invierno, aquel año de 1253 fue muy riguroso, y la caza en la orilla del río se hacía aquel difícil por el frío y desapacible del clima

-Pues bien, construiré una torre asomada al río, donde podrían cazar a vuestro sabor, y teniendo cerca un fuego, dijo el infante 

Y mandó inmediatamente poner manos a la obra. A quienes preguntaban les respondía invariablemente: 

—Es una torre para la defensa del lado norte de la ciudad. Es el único sitio vulnerable de Sevilla, porque por los otros costados están el Tagarete, el Guadaira y el Guadalquivir, pero en el frente Norte queda el campo más abierto.

No fue muy convincente esta afirmación del Infante para quienes entendían de estrategia militar, y así sus otros hermanos don Fernando y don Enrique acudieron a quejarse al rey don Alfonso X —Nuestro hermano está construyendo una torre defensiva. ¿Qué defensa cabe con una torre que está situada dentro de murallas? Si se hiciera más allá en la esquina de la Almenilla, o afuera de la Macarena sería cosa de creer. Pero donde la hace no tiene utilidad ninguna para la defensa. Y ¿sabéis lo que susurran los escuderos y camaristas del Alcázar…?

Pero el rey don Alfonso X, como Sabio, les mandó callar:

—Prohíbo que nadie ose hablar otra vez de esta cuestión. Don Fadrique es vuestro hermano, y solamente yo puedo juzgarle, como rey y como hermano mayor. Y si no lo he hecho, no podéis vosotros ni entrar ni salir en esto.

Sin embargo el rey, que era comprensivo y no ignoraba que cacerías eran paseos amorosos, y aquella torre un nido de amor aunque lo disimulaba, con el fin de no autorizar con su presencia aquellos amores, y evitar las murmuraciones de sus nobles, optó por trasladar la Corte a Toledo, donde estableció en el Alcázar viejo, situado en lo que hoy es el Paseo del Mirandero de aquella Imperial ciudad, el observatorio astronómico donde personalmente y con ayuda de los sabios Rabí Ben Zagut, Y Rabí Zag, verificó las observaciones que le sirvieron para escrbir y disñear sus famosísimas «Tablas Alfnosíes» y el “Libro del Saber de Astronomía”

Pero, aunque la mayor parte de la nobleza se trasladó a Toledo, una gran hostilidad seguía entre la nobleza que había quedado aquí, contra la reina y el infante, pues la severa y piadosa nobleza sevillana no podía admitir ni que la reina viuda se volviera a casar, ni tampoco, que tuviera amores secretamente. Y formando causa común con los grandes señores, el pueblo bajo se sumó a una guerra sorda contra los amantes.

Cuando la reina, acompañada del infante don Fadrique, o sola con sus criadas y escuderos salía del Alcázar, para dirigirse a la Torre de don Fadrique, a su paso por la calle de Placentines, o por la de Mercaderes o Francos y por la calle de los Monteros (después se llamó Colcheros y hoy calle Tetuán) para enfilar la calle del Amor de Dios, como obedeciendo a una orden se cerraban las puertas y las ventanas de todas las casas antes de que llegase a su altura la reina, con el más ostensible desaire.

Pero todavía fue más grave lo que sucedió el día 24 de Junio de 1255 en que con motivo de celebrarse el día del santo de la reina, que era el día de San Juan, se enviaron desde el Alcázar invitaciones para más de doscientos convidados, caballeros y maestres de las órdenes, priores de los conventos, y cuanto de nobleza o de representación había en Sevilla. Pero ni uno solo de los convidados acudió al banquete. La reina doña Juana, pálida de ira, aguardó en el salón del banquete, ante la larga mesa repleta de viandas durante más de una hora. Al fin, abandonó el salón, se dirigió a sus habitaciones, y ordenó a su camarista:

—Recoged todas mis ropas y mis joyas y guardarlas

Dad mis órdenes a las ayas para que preparen los cofres. para un viaje• Nos vamos a Francia.

En vano intentó consolarla el infante don Fadrique con desesperación de enamorado.

—No, don Fadrique. Ni la religión ni la sociedad consienten nuestro amor. Ni autorizan que nos casemos, ni que nos amemos sin casarnos. Ante lo imposible y lo irremediable no hay más que darse por vencidos.

Aquella misma tarde, doña Juana, sin apenas escolta ni séquito se dirigió desde el Alcázar a la Barqueta, en donde en aquel entonces estaba el embarcadero real, al pie del convento de San Clemente en donde se encontraba atracada la Falúa o barco de la familia real. La Falúa ya estaba preparada con sus remeros y cómitre, para dirigirse, con vela y remos, hacia Cádiz, donde doña Juana embarcaría para Francia.

Al surcar la falúa el río, aguas abajo, la reina doña Juana dirigió una última mirada con los ojos llenos de lágrimas, hacia la torre de don Fadrique, la torre que durante tres años había sido el nido de sus amores. Llorando amargamente hizo una señal con su pañuelo en dirección a la torre, en cuyas almenas don Fadrique, también con los ojos anegados en llanto, le hacía una señal de adiós con la mano

Parece ser que este fue el motivo de que poco después el rey don Alfonso X el Sabio obligado por el clero y la nobleza, autorizó un proceso contra don Fadrique, acusado de haber ofendido el decoro real, al tener amores ilícitos con la viuda del rey San Fernando. De resultas del cual don Fadrique fue sentenciado a muerte, y ejecutado en Toledo.

Desde entonces la Torre de don Fadrique no volvió a ser usada, ni como defensa militar, que nunca lo fue, ni con ninguna otra finalidad.Y ahí está, en la calle Santa Clara, hermosísima muestra del arte románico y el gótico, sin que al cabo de setecientos años, se la haya vuelto a utilizar.

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