Don Juan es el mito sevillano más universal. No sólo figura en los poemas de Byron y de Alejandro Puskin, y en la ópera de Mozart con letra de Lorenzo de Ponte, y en el poema sinfónico de Ricardo Strauss, sino en las grandes comedias dramáticas de Tirso de Molina, Moliere, y José Zorrilla, entre otros.


El origen de este mito es difícil rastrearlo. Sabemos que hay un antecedente remotísimo, de la época árabe en que un personaje sevillano, el poeta Aben Bahni se burló de los muertos, y murió poco después de su hazaña. Este personaje, existió en la realidad, y era un tipo muy conocido por su carácter mujeriego y pendenciero. Quizá de aquí pueda iniciarse el diseño del tipo legendario de Don Juan.

En los primeros años del siglo XVI el dramaturgo Juan de la Cueva, escribe una obra titulada «El infamador» en que aparece el tipo de Don Juan, cínico, y que burla a las mujeres y comete sacrilegios.

En el siglo XVII, el fraile mercedario Fray Gabriel Téllez, conocido por su seudónimo literario como Tirso de Molina, escribe la obra titulada «El Burlador de Sevilla y convidado de piedra», en la que el Don Juan se burla de la religión, ultraja a las mujeres, y tras invitar a un difunto a comer con él, es invitado a su vez por el muerto, que le arrastra consigo al infierno.

Dos siglos más tarde, el poeta José Zorrilla escribe el drama titulado «Don Juan Tenorio» en el que aprovechando aquellos elementos antiguos, enriquece el argumento con algunos sucesos ocurridos en el siglo XVI y el XVII, a saber: . — Este personaje era un joven de la mejor aristocracia sevillana, perteneciente a la ilustre familia de los Ribera (Doña Catalina Ribera, don Fadrique Enriques de Ribera, San Juan de Ribera), y el tal joven, se hizo notar en Sevilla por sus aventuras, entre las que figuraban no pocos lances amorosos, y el haberse insolentado con un obispo que vivía en la Alameda de Hércules. El pobre obispo pronosticó a don Pedrito Ribera, y a los amigos y mujerzuelas que le acompañaban que todos morirían de muerte violenta, como en efecto ocurrió, cosa nada rara en aquella época en que todo el mundo llevaba espada al cinto, y es lógico que quién anduviera habitualmente en pendencias algún día recibiría una estocada.

De los jóvenes que acompañaban a Don Pedrito Rivera en aquella ocasión en que faltaron al respeto al Obispo, sacándolo en paños menores de su casa con engaños, fingiendo que había un hombre moribundo a quién el Obispo debía dar la absolución: uno era don Juan de Hinestrosa, conde de Arenales, y otro don Diego de Miranda. Pasados pocos días, el don Diego Miranda, yendo a caballo se acercó a piropear a una señora que iba en su coche, en la misma Alameda, que en aquella época, año de 1639, era el paseo de la gente elegante de Sevilla. Alguien que tenía derecho a impedirlo se trabó de palabras con don Diego, sacaron las espadas, y allí cayó atravesado el atrevido joven.

En el mismo paseo de la Alameda, a su final, en lo que hoy es la plazuela donde empieza la calle Calatrava, había un horno de pan, y don Pedrito Ribera, dió en asediar a una panadera, que era casada, y se hizo corresponder de ella, según parece. Ello es que acudía a requebrarla, y un día el marido se interpuso, a lo que Don Pedrito se creció, entonces el marido pidió ayuda y un chicuelo corrió a avisar a la calle del Arte de la Seda, que está en las Lumbreras, a unos compadres y parientes del panadero. Bajaron estos, armados con las leznas, agujones y aguisques» que se usan en dicho oficio de tejedores, y atacaron a Don Pedro Rivera, el cual se defendió espada en mano, amparando la espalda contra la Cruz del Rodeo, una cruz de piedra que había en aquel lugar, llamada del Rodeo porque allí daban vueltas las procesiones de la parroquia de San Lorenzo, por ser el límite parroquial. Peleó bravamente don Pedro, hasta que recibió varias puñaladas, y cayó muerto en los mismos escalones de la Cruz.

La familia de Ribera, cuyo primogénito era el joven caballero, lo enterraron en el panteón de los Adelantados, en el monasterio de la cartuja de las Cuevas, y con licencia del Ayuntamiento y del Arzobispado hicieron derribar la Cruz del Rodeo, y construir en su lugar una capilla, dedicada a la Santísima Virgen del Carmen y Animas del Purgatorio, cuya capilla aún existe en dicho lugar a la entrada de calle Calatravas a mano izquierda. En el altar de dicha capilla hay un cuadro que hemos reconocido y en donde se testimonia este suceso, y se pide una oración 

(c) Jose María de Mena, 1988

(c) David de Mena, 2021