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SONETO FAMOSO AL TÚMULO DE FELIPE II

Cómo fueron los versos que escribió Cervantes para ponerlos en cartelas con letras de oro en el túmulo que el Cabildo Municipal de Sevilla costeó para los funerales por la muerte del rey Don Felipe II, en la Catedral hispalense.

Y ello es que en septiembre de 1598 murió el rey, por lo que la ciudad debió ofrecer un sufragio, unos funerales como no se hubieran visto antes, ya que Sevilla era entonces no sólo la más rica ciudad del mundo, sino que había sido mil veces favorecida por el monarca.

Así que el Ayuntamiento, por  acuerdo plenario de 23 de septiembre dispuso hacer para el funeral un túmulo o monumento de tres cuerpos, de  44 pies de lado y  41 de alto; el primer cuerpo de orden dórico con figuras de santos y alegorías; el segundo de orden jónico con cuatro pirámides en las  esquinas y tres estatuas de la religión, la patria y la monarquía, y en medio el simulacro de la tumba, cubierta de terciopelo carmesí y oro, teniendo sobre ella la Corona y la espada; y el tercer cuerpo de orden corintio con las estatuas de la Justicia la Verdad, la Templanza y la Victoria.

Todas estas obras se encargaron a los mejores artistas, el arquitecto Juan de Oviedo, el pintor Pacheco, el escultor Martínez Montañés como principales; acompañados de los arquitectos Juan Martínez, Diego López y Martín Infante; los escultores Gaspar Núñez y discípulos de Montañés; y los pintores Alonso Vázquez, Vasco Pereyra y Juan Salcedo.

Las pinturas representarían las grandes victorias: Batalla de Lepanto, San Quintín, La Alpujarra y Gante. Se pondrían cartelas con versos en latín que haría el canónigo Francisco Pacheco, y en verso castellano por Miguel de Cervantes. Toda esta inmensa riqueza artística se iluminaba con 990 cirios, 349 hachas, 8 blandones de cera y 6.144 velas.

¡Y llegó el día del funeral! Toda la aristocracia andaluza en hábito, uniformes, bordados y plumeros, bandas y encomiendas. Toda la gloria del momento.

Y dijo que desde las seis de la mañana estaban puestas las bayetas negras en los asientos del Regente de la Audiencia pero llegó el canónigo Villavicencio y leyó un papel por el que se prohibía poner tales lutos y cubrir los asientos.

Y dio comienzo el funeral, oficiando un prelado con varios canónigos, todos revestidos con ornamentos de pontificial.

El Regente de la Audiencia y los señores Oidores no hicieron caso y se sentaron en sus asientos cubiertos, pero a poco llegó un Alguacil de la Inquisición, que intentó quitar las bayetas de los asientos, diciendo que era privilegio reservado a los señores Inquisidores. A lo que el Presidente de la Real Audiencia ordenó a sus alguaciles que tomasen preso al alguacil de la Inquisición, por desacato.

Entonces el secretario de la Inquisición, Briceño, se subió a las gradas del altar y en fuertes voces proclamó que la Autoridad de la Inquisición, declaraba excomulgados al Regente de la Audiencia y a los señores Órdenes, si no se levantaban ipsofacto, de sus asientos, lo que promovió un colosal alboroto en toda la Catedral, y en las calles de alrededor donde se congregaba todo el gentío que no había cabido en el templo.

En pleno escándalo, el Escribano de la Audiencia Savariegos se subió a las gradas del Altar Mayor a leer un papel, pero el Fiscal de la Inquisición se lo impidió quitándoles el papel, y gritando: «No les oiremos porque todos están excomulgados». A esto el prelado que oficiaba la misa tomó el cáliz y abandonó el altar refugiándose en la sacristía.

Todo eran voces, gritos, y los alguaciles e la Audiencia no daban abasto a detener personas, hasta más de veinte.

Suspendido así el funeral, el Ayuntamiento, la Inquisición, cada uno por su parte envió pliegos a Madrid pidiendo la intervención del nuevo rey don Felipe III.

El suceso había ocurrido el día 26 de noviembre de 1598 y entre cartas, respuestas, apelaciones, contradicciones y cédulas Real pasaban los días, las semanas, hasta más de un mes. Por fin el rey cansado de este enojoso asunto de protocolo, decidió una sentencia salomónica. Tantos unos como otros quedarán suspensos de oficio y sueldo hasta que se pongan de acuerdo. iMano de santo! El día 30 de diciembre se reanudó el funeral por donde se había interrumpido.

Cientos de mercaderes acudieron al Ayuntamiento intentando comprar aquel túmulo grandioso, con sus cuadros de Lepanto y de San Quintín, sus estatuas, sus columnas, sus arcos de madera talladas, sus capiteles jónicos, dóricos y corintios. Pero el Ayuntamiento no estaba para permitir que se conservase aquel túmulo, ni se volvieran a juntar sus piezas, porque era tan malo el recuerdo del funeral, que cualquier memoria visible sería como mentar la soga en casa del ahorcado. Así que todas las piezas del túmulo se venderían por separado subconditione de no volver a juntarlas. Y se celebró la subasta con toda la urgencia del caso.

Volvió Cervantes a la tertulia de Pacheco. ¡Qué lástima de tantas maravillas vendidas en subasta! Y ni siquiera se quedarán en España, porque los mercaderes se las llevarán a Europa unos, y otros a Indias.

Tomó la pluma y escribió su

Voto a Dios que me espanta esta grandeza

y que diera un doblón por describilla

porque ¿a quién no suspende y maravilla

esta máquina insigne, esta riqueza?

 

Por Jesucristo vivo, cada pieza

vale más de un millón y que es mancilla

que esto no dure un siglo, oh gran Sevilla

Roma triunfante en ánimo y nobleza.

 

Apostaré que el ánimo del muerto

por gozar deste sitio hoy ha dejado

la Gloria donde habita eternamente.

 

Esto oyó un valentón, y dijo:—Es cierto

lo que dice voacé seor soldado,

y quien dijere lo contrario ¡miente!

 

Y luego in continente

caló el chapeo, requirió la espada,

miró al soslayo, y fuese. Y no hubo nada.

Sí; cada pieza de Pacheco, de Montañés, cada cuadro, cada estatua vale más de un millón, y en realidad es gran mancilla el que la ciudad pierda aquel conjunto de tesoros artísticos. Pacheco sonríe:

—Sí, es cierto. Muchas hermandades de Sevilla querrían comprar el túmulo para conservarlo como Monumento Eucarístico en su templo. Y el Cabildo Catedralicio el primero. Sin embargo, el Ayuntamiento no cede. Se venderá en subasta y por piezas sueltas a distintos compradores para que no se pueda volver a juntar.

—O sea, que sólo quedará memoria de él en mi soneto.

—Sí, ese será el recuerdo para la posteridad.

—Y, ¿qué es lo que más os ha gustado del soneto?

—Todo respira admiración por el túmulo. Pero lo que más me ha provocado, no admiración sino a regocijo, es la frase con que empieza el primer terceto: «Apostaré que el ánima del muerto por gozar desde sitio hoy ha dejado la Gloria donde habita eternamente». Es magnífico imaginar a don Felipe II asomarse desde arriba pra presenciar el alboroto y el escándalo de vanidades protocolarias dentro de una catedral y en unos funerales. iMagnífico! Eso no lo habría escrito nadie más que vos, amigo mío.

Volvió Cervantes a su lamentación:

—Qué lástima que se pierda esta obra inigualable que tantas ciudades envidiarían y conservarían.

Pacheco recompone su gesto regocijado y se pone serio, y en tono profético dice:

 

—Amigo mío, los cuadros y las estatuas pueden llevarlos lejos, como vuestras cartelas con las letras de oro, pero Sevilla y España no se quedan huérfanas, porque vos con la pluma y yo con los pinceles somos los depositarios del idioma y del arte, las dos esencias eternas de España.

 

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