PATIOS Y FLORES II (CRUZ DE MAYO)
(Para leer la primera parte: http://demena.es/patios-y-flores )
Las flores prestaban un especialísimo adorno a la fiesta de las Cruces de Mayo. En patios y corrales se erigía una cruz, que se revestía totalmente de flores, y se rodeaba de macetas. A su alrededor se reunían los jóvenes para bailar y cantar, constituyendo una especie de pequeña velada o verbena. Como esto se hacía en cientos de patios sevillanos la ciudad entera era una pura fiesta durante los sábados y domingos del mes de Mayo. Generalmente en los corrales de vecindad se ponían además cadenetas y farolillos de feria, y el gasto de todo ello, más el gasto de la limonada hecha con vino y gaseosa, o la Sangría, hecha con vino tinto, gaseosa, azúcar y trozos de fruta, se costeaba cobrando a todo el que entraba para lo cual se solía poner junto a la puerta una vieja sentada en su silla de anca ante una mesa en la que se ponía una batea o una palangana en la que iban echando el dinero los visitantes, y así los muchachos y muchachas iban de una cruz a otra recorriendo el barrio, visitando a sus amigos, y tomando sus copas.
Las cruces de Mayo eran la fiesta popular más importante después de la Feria de Abril, y aún quizás superaban a ésta en participación popular, pues mientras que a la Feria había que ir, las Cruces de Mayo se producían dentro de la propia casa, y aún sin desearlo había que participar en ellas. Muchas personas, que por su edad, su salud, o su falta de dinero, no acudían al Prado de San Sebastían podían disfrutar en el propio patio de su casa, de este festejo, típico y regocijado. En muchos patios de vecindad se montaba una Caseta de Feria, igual que las de la Feria de Abril, o se engalanaba el patio, de balcón a balcón con cadenetas de papel de colores, o con guirnaldas de plantas.
Las Cruces de Mayo en la noche primaveral, animaban Sevilla entera con el rumor de la música de pianillos o guitarras, de palmas y castañuelas, y en su florido ambiente se iniciaban los idilios amorosos de mocitas y mocitos de cada vecindad. Ello sirvió de motivo de inspiración a poetas y músicos, como puede apreciarse en esta conocidísima canción:
El mocito parase tras la cancela
contemplando la hermosa fiesta gítana
preguntóle a mi madre ¿qué es eso abuela?
-¡La mejor cruz de mayo que hay en Triana!
Derramó en la batea cuanto tenía
y metiose pa el patio muy desidío.
Lucerito de la noche
me dijo al verme bailar
eres de luz un derroche
quién te pudiera robar
lucerito de la noche.
Cruz de Mayo sevillana
Cruz de Mayo que en mi patio levanté
¡quién pudiera verla ahora
como la primera vez
Cruz de Mayo sevillana!»
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Esta canción es una de las más bellas páginas musicales del inmortal músico sevillano Manuel Font de Anta, (autor también de la marcha procesional «Amargura» himno de la Semana Santa sevillana), y fue populariznda en los escenario de toda España por la gran cancionista Mercedes Serós, siendo la letra de un magnífico poeta popular, Salvador Valverde, hoy injustamente olvidado.
Las flores coustituyeron un leitmotiv en la literatura de todos los viajeros que visitaban Sevilla. Las flores acompañaban al sevillano en las plazas, en las calles, y en su propia casa, fuera desde la encopetada cala, o el soberbio gladiolo de los patio de casas principales, hasta el humilde geráneo de los patios de vecindad. Flores en balcones, en ventanas, en azoteas, asomandose a la calle con sus pinceladadas multicolores, y perfumando el ambiente en los atardeceres tíbios de primavera y en las cálidas noches del verano.
Hoy Sevilla ha perdido casi por completo las flores. Las plazuelas se nos han convertido en aparcamientos o en campos de futbol, donde no se puede pasear y las plantas floridas han sucumbido al zafio pelotazo, al pateamiento de los arriates, o a la contaminación de los gases del petróleo. En las casas, convertirlas en colmenas no hay ya la intimidad de la azotea partlcular, pero tampoco la vida comunitana del patio de vecindad, donde todos convivían y del que todos estaban orgullosos. La mujer sevillana, demasiado cansada de trabajar en la calle, o de sostener el fatigoso tren de vida a ritmo veloz que se impone hoy no tiene, ni sitio, ni tiempo, ni gusto para cultivar las plantas. Por la mayoría de las calles del centro de la ciudad, no veréis ni una sola maceta en un solo balcón. Sevilla, la Ciudad cuajada de flores que cantaron los poetas y celebraron los viajeros, ha perdido sus flores, que era su más bella historia.
© 1982 Jose María de Mena
© 2017 David de Mena
