Un episodio poco conocido, casi ignorado, de la guerra civil, es el de los que denominamos «Niños Héroes de Toledo», suceso que queremos reseñar en estas páginas antes de que se pierda en el olvido, ya que encierra bastante interés para la historia toledana contemporánea.
Corría el año 1937 cuando en el mes de mayo se produjo una violenta conmoción en el «frente de Toledo», que se mantenía inactivo desde ocho meses antes. En las dos líneas de trincheras o posiciones, apenas si desde octubre anterior se habían disparado unos centenares de proyectiles, más que nada para dar fe de que los soldados de uno y otro bando estaban en su sitio, que con verdadero propósito de combate. Era un frente muerto, al menos estabilizado, mientras que en otras regiones de España se enfrentaban las tropas y rugían los cañones.
Pero en mayo de 1937, como decimos, se produjo una gran actividad en este sector. Inesperadamente, el ejército republicano empezó a atacar con gran aparato de artillería, aviación e incluso tanques. La línea del frente, guarnecida en toda la extensión que va desde La Alberquilla por los Alijares, Cerro Cortado, la zona de cigarrales hasta más allá de San Bernardo, por solamente el «Batallón de Voluntarios de Toledo núm. 1», no pudo resistir el inesperado ataque y se vino abajo, destrozados en gran parte los efectivos del citado batallón.
En tales circunstancias y mientras caían los proyectiles de artillería y las bombas de aviación sobre las calles y casas de Toledo, hubo que atender a la recogida y asistencia de los heridos que llegaban del frente, cada vez en mayor número.
En el conocido Colegio de Doncellas Nobles se había instalado un Hospital de Sangre, cuyo equipo quirúrgico estaba dirigido por el capitán médico doctor Sanz de Frutos y la parte administrativa se encomendaba al teniente de Intendencia don José Abejón. Había, pues, edificio, médicos, alimentos y material sanitario, más las propias monjas afectadas entonces al Colegio, encargadas de los menesteres asistenciales de comida y enfermería. Lo que faltaba eran camilleros que llevaran a los heridos; pues desmoronado el frente bajo el fuego artillero y el empuje de los blindados de entonces, el mando militar, para intentar recomponer las líneas de defensa echó mano de todos los hombres disponibles y no quedaron brazos para el transporte de camillas.
Fue entonces cuando por iniciativa del capitán Sanz de Frutos, quien tenía la la experiencia de organizar grupos voluntarios en la Cruz Roja, se pidió ayuda a las organizaciones estudiantiles y juveniles de Toledo. Entre los Estudiantes Católicos, los pelayos tradicionalistas, los flechas y algunos estudiantes independientes, se constituyó un «Grupo de Camilleros Voluntarios», todos ellos de trece a quince años de edad, que se encargaron de la penosa labor de descargar las ambulancias y camiones que traían del frente a los heridos, transportar a éstos en camillas al interior del hospital y, después de curados de primera intención en la sala de urgencias, que estaba en el piso bajo, llevarlos a las galerías altas, donde se habían instalado largas hileras de camas. Incluso, en los días más agobiantes de la batalla, algunos de estos camilleros voluntarios fueron con los camiones y ambulancias hasta la misma línea del frente, en La Atalaya de las Nieves, la Quinta de Mirabel o la ermita de la Guía, a recoger a los heridos y llevarlos a Toledo.
La lista de los «Niños héroes» que con tan temprana edad prestaron tan humanitario servicio, incluso con riesgo de sus vidas a veces, es ésta:
1.—Julio Mateos.
2.—Manuel Reguilón Gómez.
4.—Mariano Martínez Herranz.
5.—Carmelo Sánchez Carballo.
6-—Antonio Pareja Braojos.
7.—Braojos (primo del anterior).
8.—Rafael Díaz Gómez.
9.—Francisco de Asís Espejo-Saavedra.
10.—¿Talavera?
11.—Epifanio de la Azuela Rodríguez.
12.—¿Azuela?, hermano del anterior.
13.—Manuel Salamanca Celis.
14.—Manuel Alonso Morales.
15. Tomás Sierra Bueno.
16.—Fernando Patiño Montes.
17.—José Sancho Sánchez.
18.—Manuel Eymar Luján.
19.—Fernando Gutiérrez Duque.
20.—Laureano Barba.
21.—Alejandro Sánchez Archidona.
22.—José Gutiérrez de la Paz.
23.—-José-Antonio Lillo García-Cano.
24.—Vicente Palomino Jiménez.
25.—Emilio Manso Cuesta.
26.—Matías Sanz Ruano.
27.—Francisco Nodal Engelmo.
28.—José Nodal Engelmo.
29.—Isidoro López Ayllón.
30.—Mariano García Larraz.
31.—José María de Mena Calvo, autor de este artículo.
Esta lista está tomada del borrador que se hizo de primera intención. Tengo idea de que en días sucesivos se agregaron dos o tres más, que podrían ser Mariano Medina Isabel, Emilio Rey y quizá uno o dos más, pero de ello no tengo nota escrita.
El servicio de este Grupo de Camilleros Voluntarios se prolongó durante tres semanas. En los días que arreciaron más los combates en el frente, la llegada de heridos era incesante y no se daba abasto a transportarlos. Así hubo turnos que duraron dieciséis y hasta veinte horas sin descansar, y sin más alimento que un bocadillo para reponer las fuerzas. Parece increíble que muchachos de esa edad, mal nutridos además, porque llevábamos casi un año de guerra y en Toledo no abundaban los víveres, pudieran soportar tan rudo esfuerzo físico y moral. Porque además de la penosa labor de transportar una y otra vez escaleras arriba a las camillas con heridos, hombres adultos de sesenta o setenta kilos de peso (muchos de ellos vestidos, calzados y llevando abrazado su macuto con todas sus pertenencias), está el desgaste moral que supone llevar a cientos y cientos de hombres destrozados por la metralla, amputados por las bombas, ciegos, agonizantes, quejándose en sollozos los unos, lamentándose a gritos los otros y muchos que en la propia camilla pasaban al silencio de la muerte.
Terminando el mes de mayo se restableció la normalidad en el frente de Toledo, cesando los combates al fracasar los intentos de asalto a la ciudad. Pero poco después, en julio, se desencadenó otra fuerte batalla en las proximidades de Madrid: la batalla de Brunete.
Volvió a plantearse la necesidad de camilleros y el grupo de Camilleros Voluntarios de Toledo (estábamos ya en las vacaciones de verano del Instituti) se ofreció para ir a prestar sus servicios al hospital de sangre de Getafe, instalado en el colegio de Escolapios de aquella villa, cercana a Madrid. El motivo por el que nos decidimos a ir fue Porque todos sentíamos una admiración extraordinaria hacia el capitán médico Sanz de Frutos, hombre de auténtico carisma para arrastrar a la juventud. Todos los chicos del grupo estábamos dispuestos a ir a Getafe y correr la suerte de «nuestro» capitán. El hospital de Getafe estaba batido por el fuego de la artillería republicana, emplazada en el cercano Cerro de los Angeles, así que si por la noche encendíamos una luz, tardaba muy pocos segundos en caer en huestras proximidades una granada. La descarga de los heridos traídos por las ambulancias desde Brunete y Villafranca del Castillo teníamos que hacerla de noche y a oscuras por tal motivo. Como los heridos eran muchos y su evacuación a retaguardia era difícil por estar batida la carretera hacia Toledo, se acumulaban tantos en el hospital que apenas si quedaba sitio para ecostarnos los camilleros. Por fortuna, como era pleno verano, podíamos dormir en el interior del edificio, acostados en el suelo sobre una simple manta o en una camilla, Este servicio duró desde el 25 de julio hasta el 15 de agosto, en que terminaron los combates y regresamos a Toledo. En los peores días tuvimos que ir algunos hasta la zoma del frente, en Villafranca del Castillo, y otros acompañaron a los heridos que pudieron ser evacuados hasta el hospital de Griñón.
Han pasado muchos años. Es posible que la memoria me haya fallado en algún punto. De ser así, me gustaría que alguien que lo recuerde mejor que yo pueda añadir lo que involuntariamente haya omitido, para que quede completo este breve relato, que creo de indudable interés para la historia reciente de Toledo.
Como nota final, añadiré que el primer herido que llegó al hospital desde el frente de Toledo fue el alférez Clemente Pérez Redondo, del Batallón de Voluntarios de la ciudad. Estaba consciente y contestó con voz clara y animosa cuando le preguntamos su nombre para inscribirle en la ficha de ingreso. Murió a los cinco minutos, pidiendo que avisáramos a su esposa.
El último herido que ingresó en el hospital de Getafe, procedente de la batalla de Brunete, fue el comandante de Regulares don Humberto Gazio, quien había recibido una ráfaga de ametralladora que le produjo diecinueve heridas, desde la cara hasta la planta de los pies. Milagrosamente sobrevivió.
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