Glorieta de Becquer en el Parque Marialusia

Los hermanos Bécquer: Bohemia, miseria y gloria en la Sevilla del Romanticismo

En la calle Conde de Barajas, conforme subimos desde la calle Jesús del Gran Poder a la Plaza de San Lorenzo, existe en la fachada de una casa una lápida de mármol que recuerda el nacimiento de los dos personajes más destacados, como artistas y como bohemios, del Romanticismo: los hermanos Valeriano y Gustavo Adolfo Bécquer.

Foto de la lápida en la calle Conde de Barajas

Una infancia marcada por la orfandad y la escasez

Nacieron en dicha casa, en la tercera década del siglo XIX, y ya en su infancia comenzó a cebarse en ellos la desgracia que les acompañaría hasta el sepulcro. Quedaron huérfanos y hubieron de ser mantenidos por su tío, el pintor Joaquín Domínguez Bécquer, un artista muy modesto que trabajosamente se ganaba la vida para sacarlos adelante.

Tal era la pobreza en que estaban que, según escribió Gustavo años más tarde, su hermano Valeriano dibujaba por la noche a la luz de la luna, junto al balcón de la casa, para no gastar dinero en luz. Muy jóvenes ambos, marcharon a Madrid con la ilusión de hacerse famosos y ricos, confiando ciegamente en sus talentos como pintor y escritor.

El duro despertar en el Madrid literario

Sin embargo, el contacto con la vida artística de Madrid fue una triste desilusión. La pluma servía para muy poco si no iba acompañada de artimañas políticas o una situación económica independiente. O se era millonario, como el Duque de Rivas, o se vivía de las sombras del periodismo y el intercambio de favores.

Retrato de los hermanos Bécquer

Intentar ganar dinero exclusivamente con la literatura pura era un empeño tan imposible como desatinado. Gustavo Adolfo hubo de establecerse en un cuchitril miserable, una habitación reducida con un catre, una mesa deteriorada y una palangana de peltre. Fueron días de no comer, sin otro consuelo que la amistad con otro poeta hambriento y sevillano: Luis García Luna.

El refugio en la «covachuela»

Un día, Gustavo Adolfo obtuvo un empleo como escribiente en una oficina del Estado con tres mil reales al año. Se sentía feliz con su credencial de «escribiente de covachuela», creyendo que ya tenía su vida resuelta y que podía ofrecer un porvenir lisonjero a una mujer.

La verdad sobre Casta Esteban Navarro

Se enamoró de Casta Esteban, mujer a quien algunos críticos malintencionados han querido presentar como una persona zafia. Nada más lejos de la verdad: Casta fue una mujer de inteligencia cultivada que incluso llegó a escribir un libro de cuentos.

Más hubiera podido afinarse si el poeta hubiera sido menos bohemio. Apenas casados, Gustavo perdió su empleo porque a su jefe le molestaba que hiciese versos en la oficina. Tuvieron varios hijos, y mientras Bécquer se entregaba a las tertulias, la pobre mujer dedicaba todos sus sacrificios a sacarlos adelante, lo que debió provocar amargas discordias entre ellos.

«La Ilustración de Madrid» y el precio de la salud

Al fin, Gustavo consiguió entrar en el periodismo de nivel con El Museo Universal y, más tarde, como director de La Ilustración de Madrid. Nombró a su hermano Valeriano redactor jefe y ambos trabajaron con entusiasmo para competir con las grandes revistas de la época.

Sin embargo, el exceso de trabajo arruinó la salud de ambos. Enfermó Gustavo, como ya lo estaba Valeriano, de tuberculosis. Para reponerse, marcharon al Monasterio de Veruela. Desde allí, Gustavo envió sus famosas «Cartas desde mi celda». En la paz de Veruela maduraron ideas para leyendas como «El rayo de luna», «El miserere» o «La corza blanca».

El trágico final: Dos muertes en tres meses

En septiembre de 1870, la salud de Valeriano se quebró definitivamente tras un vómito de sangre. Gustavo quedó sumido en un profundo abatimiento; sentía que su hermano le llamaba desde el otro lado.

«—Ha muerto; el pobre Valeriano ya no vive —le dijo Gustavo a su amigo Castro y Serrano con lágrimas rodando por sus mejillas—. ¡Natural la muerte! ¡Natural el escape de la vida cuando se han padecido todos los tormentos de la necesidad!».

Gustavo Adolfo Bécquer murió apenas tres meses después que su hermano, el 22 de diciembre de 1870, con solo treinta y cuatro años.

Panteón de Sevillanos Ilustres

El triste destino de los derechos de autor y el regreso a Sevilla

Tras su muerte, sus amigos editaron sus rimas para ayudar a la familia, pero los beneficios fueron escasos. La infeliz Casta Esteban tuvo que vender los derechos de las obras por una miseria. Mientras los editores se hacían millonarios, Casta terminó en la mendicidad y murió en el Hospital General de Madrid en 1884. Fue a parar a la fosa común.

Los restos de los hermanos Bécquer fueron finalmente traídos a Sevilla gracias a los hermanos Álvarez Quintero. Hoy descansan en el Panteón de Sevillanos Ilustres en la Iglesia de la Anunciación. Para Casta Esteban, la mujer del poeta, no hubo más que olvido.

(C) Jose María de Mena

(C) David de Mena, 2026

Ver la entrada Tres cartas de Narciso Campillos sobre la muerte de Bécquer

Publicaciones Similares