La vida religiosa sevillana, en lo estrictamente litúrgico, se movía entre la Catedral, las Parroquias, y los conventos.

La Catedral tenía sus fiestas mayores, como el Corpus y la Inmaculada, en que se ponían colgaduras de terciopelo o de seda, (llamadas colgaduras porque colgaban del techo hasta el suelo). Estas colgaduras eran de color rojo con guarnición de pasamanería de oro, flecos y borlas, en la fiesta del Corpus Cristhi, mientras que eran de color azul celeste y con guarnición de plata, cordones y borlas, en la fiesta de la Inmaculada. Las colgaduras, revestían los lienzos de pared, dando al interior de la Catedral un aspecto colorido y vistoso, mucho más acogedor que la fría y gris apariencia diaria de las columnas y muros desnudos.

En el día del Corpus después de la procesión, que recorrían las calles de la Ciudad, con el suelo cubierto de ramitas de juncia, tomillo y romero, y habiendo dos filas de soldados en las aceras, en todo lo largo del recorrido(a esto se le llamaba cubrir carrera), en uniforme de gala y con banderas, banderines, armas y músicas) , mientras sonaban desde la torre de la Giralda los repiques de todas las campanas, la catedral era el centro de la vida ciudadana. Acudía la gente a ver la carroza de la Custodia que había llevado la Eucaristía en su recorrido por las calles, y a contemplar las distintas carrozas con las imágenes que habían participado en la procesión, San Isidoro, San Leandro, Santa Justa y Santa Rufina, la Inmaculada, el niño Jesús, el relicario de la Santa Espina, y finalmente la riquísima Custodia de oro, obra insigne del orfebre Arfe. La visita a la Catedral duraba toda la mañana hasta su cierre a mediodía. Por la tarde comenzaba la Octava, función religiosa en el Altar Mayor, que duraba dos horas o tres y en la que bailaban ante el altar los niños Seises, con sus trajes de pajecillos del siglo XVII. Se llamaba Octava porque esta ceremonia se repetía durante los ocho días siguientes todas las tardes, y en todo ese tiempo estaban puestas las colgaduras, y encendida la iluminación catedralicia. Lo mismo ocurría en Diciembre, en la fiesta de la Inmaculada. Había durante los ocho días acto religioso, baile de los Seises, y colgaduras.

Para el baile de los Seises se utilizaba la orquesta, que interpretaba obras musicales escritas por maestros de Capilla de siglos anteriores como Hilarión Eslava, o {a de maestros de este siglo Eduardo Torres, y Norberto Almandoz.

Almandoz había llegado a Sevilla en los años 1.915, procedente de su tierra vascongada. Era un vasco serio, muy poco comunicativo, y de unos conocimientos musicales tan sólidos que se le consideraba como uno de los mejores críticos de Europa. (Crítico en el sentido técnico de la palabra, o sea capaz de analizar una partitura y encontrarle los aciertos y los defectos de técnica. No en el sentido periodístico que se suele dar a la llamada crítica musical en la prensa). Tal era su prestigio, que en más de una ocasión, el célebre compositor Maurice Ravel, hizo viajes desde París a Sevilla para venir a enseñarle a don Norberto Almandoz una partitura y pedirle que se la revisase antes de estrenarla. También en cierta ocasión el compositor soviético Katchaturian envió a don Norberto Almandoz una partitura, valiéndose del embajador de España en Berna, y Director general de Asuntos Diplomáticos Europeos, Sr. Lojendio, para que don Norberto le diera su opinión. Y esto en época en que España no tenía relaciones con la Unión Soviética, y aún a pesar de ser don Norberto Almandoz un sacerdote!

Pero sigamos tras este inciso. La orquesta de la Catedral estaba formada por músicos de primera categoría, profesores del Conservatorio, y miembros de la Orquesta Filarmónica, o de la Banda Municipal. Además de las piezas para el baile de los seises, la orquesta tocaba composiciones clásicas religiosas, de Bach, Vitoria, Haendel, etc.

En los años veinte era organista don Luís Leandro Mariani, gran músico, seglar, casado con la que fue famosa pianista Pepita Piazza, y que tenían en su casa de la calle Abad Gordillo (con entrada por calle de la Dama) una academia musical privada.

 También eran importantes en la Catedral los dias 30 de Mayo, festividad del rey San Fernando, en cuya fecha se abría la urna de plata que en la capilla de la Virgen de los Reyes encierra la caja de cristal donde reposa el cuerpo momificado del rey conquistador de Sevilla. El público asistía a la misa, contemplaba el cuerpo del Santo, y presenciaba luego el desfile de las tropas del arma de Ingenieros, que durante toda la mañana daban guardia de honor en la Capilla y en la Catedral, y que a las doce, cuando se cerraba otra vez el féretro, se alineaban en la Avenida delante de la Catedral, y desfilaban arma al hombro a los acordes de la música, hacia su cuartel.

La Catedral tenía misas los domingos desde las ocho de la mañana hasta las doce del mediodía, y gran número de sevillanos acudían a oírla.

También había anualmente la Novena de la Virgen de los Reyes, que además de su caracter religioso, —rezo del rosario, acto eucarístico, y bendición—, tenía un importantísimo significado político, pues el Arzobispo, sentado en su TRONETA o sea sillón a manera de trono, con almohadón de seda roja, relinatorio y alfombra, pronunciaba un sermón o plática cada día de la novena. En estas pláticas, sabiendo entenderlo, se perfilaba todo un plan de actuación religiosa, o se criticaban las conductas políticas, o las acciones oficiales. Era algo así como un análisis de la vida oficial sevillana, y en más de una ocasión, de aquellas palabras pronunciadas en el sermón de la novena de la Virgen de los Reyes se derivo la destitución de algún personaje político, o la revisión de alguna disposición oficial reciente. Esto, lo mismo en la época del Cardenal Espínola, a principios de Siglo, que en la del Cardenal Ilundain en los años treinta, o del Cardenal Segura en los años cuarenta. Yo recuerdo en los años cuarenta la excomunión formulada por el Cardenal don Pedro Segura contra el ayuntamiento de un pueblo (creo recordar que fue Castiblanco) porque se había autorizado la celebración de un baile, siendo época de Cuaresma, lo que el Cardenal consideraba pecaminoso, ya que siendo época para la meditación y el arrepentimiento se había por el contrario dedicado al regocijo y a la sensualidad entre los jóvenes de distinto sexo.

Todas las costumbres públicas, sociales, y aún individuales, eran en forma explícita o en forma velada, expuestas, analizadas, en los sermones cardenalicios, y orientada la opinión- pública en el sentido de las normas eclesiales a la vista de estos ejemplos prácticos, sirviendo muchas veces de arnonestación a los gobernantes.

El mes de Noviembre el día 23 se celebra la festividad de San Clemente, aniversario de la Reconquista de Sevilla por San Fernando. Había una misa solemne y a continuación se sacaba a la calle el Pendón de San Fernando y la Espada que se conservan en el tesoro de la Catedral. Estos dos objetos eran llevados por las autoridades locales, a lo que se llamaba la Procesión de la Espada, procesión que daba la vuelta a la Catedral por las gradas altas, con acompañamiento del Cabildo Municipal, en pleno, y vestidos todos los concejales con traje de etiqueta.

Esta procesión de la Espada, tenía una particularidad, y era la ceremonia del llamado «Pleito homenaje», que consistía en que el Gobernador Civil’ tenía que prestar juramento en manos del Canónigo Maestro de Ceremonias’ de que al recibir la espada de San Fernando se comprometía a devolverla inmediatamente se terminara la procesión, y sin ocasionarle ningun desperfecto. Prestado este juramento se le entregaba la espada, la cual había de coger, no por la empuñadura, sino por la punta, y no con las manos sino con un rico paño, y portarla llevándola en alto, con la empuñadura hacia el cielo. El pendón de San Fernando, bandera que el Santo Rey trajo a la conquista de Sevilla era llevado al hombro por un concejal en representación del Ayuntamiento, acompañado por todos los concejales, vestidos de chaqué.

En procesión recorrían las Gradas Altas dando la vuelta alrededor de la catedral, y volvían a entrar en el Templo, donde el Gobernador devolvía la espada fernandina, en manos del Canónigo, quien a su vez le “levantaba” o desligaba el juramento prestado anteriormente, una vez cumplida la devolución de la espada.

Otras ceremonias religiosas muy Importantes eran en que se erigía en el Trascoro el gigantesco Monumento con columnas y cúpula, que llegaba hasta el techo abovedado del templo. Este menumento era de madera, muy artístico, y considerado como parte del tesoro Catedralicio. Estos días se celebraban los Oficios, especie de misas muy largas, de varios sacerdotes, con interpretaciones musicales de obras de los grandes compositores, con orquesta y órgano. El Jueves Santo donde se cantaba el

célebre MISERERE original del maestro del siglo XIX Hilarión Eslava que fue maestro de capilla de esta Catedral. El MISERERE era partitura muy semejante a las óperas italianas, y venían a Sevilla a cantarlo los mejores tenores, como Anselmi y Lauri Volpi; a este último tuve ocasión de oirle en los años de 1.940.

Los altares se cubrían en Semana Santa con lienzos morados, que tapaban las imágenes.

A propósito de Anselmi, diremos que este célebre tenor vino varias veces. Amó tanto a España que al morir dejó en su testamento una cláusula por la que ordenaba que se le extrajera el corazón y se enviase a España. Como casi siempre ocurre en estos casos, al llegar a Madrid la relíquia nadie sabía que hacer con ella. Enterrar algo, aunque sea un corazón lleva aparejados prolijos trámites judiciales. No era tampoco la reliquia de un santo que pudiera depositarse en una iglesia. Y el Teatro Real estaba ya cerrado. Permaneció el frasco con el corazón de Anselmi en un almacén de decorados y trastos del Teatro Real. Pasados bastantes años yo encontré el recipiente, que nadie sabía lo que contenía, y pude identificarlo, comunicándolo al entonces Jefe de la Sección de Bellas Artes del Ministerio de Educación Nacional don Fernando José de Larra, el cual lo hizo depositar en el Museo del Teatro. con la dignidad que tal reliquia merece.

(c) José María de Mena

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