La leyenda de la mujer emparedada
Cierta noche de invierno del año de 1868, llamaron a la puerta de la casa número 4 de la calle Marqués de la Mina, próxima a la parroquia de San Lorenzo y donde vivía a la sazón Esteban Pérez, maestro albañil. Abrió la puerta el hombre, que ya estaba acostado, rezongando entre dientes de que le llamasen a una hora desusada, y se encontró con un caballero bien portado, cubierto con chistera y envuelto en vistosa capa, que muy cortésmente le dijo:
—Maestro, ¿podría usted hacer ahora mismo un pequeño trabajo que es muy urgente?
Calculó el maestro que se trataría de reparar algún bajante, cosa parecida que no admitiese demora, y así pensando que la molestia le reportaría la natural ganancia, respondió:
–Siendo cosa urgente, no puedo negarme, aunque no es hora agradable para trabajar. Lo malo es que no vamos a encontrar materjales porque los polveros están cerrados.
–No serán necesarios. Recoja usted sus herramientas que es Io único que se precisa.
Hízolo así el maestro albañil, y salieron. En la esquina de Santa Clara había un coche de caballos. El caballero invitó al albañil a subir en él, pero cuando lo hizo le advirtió:
—Le pagaré muy bien su trabajo, pero una condición, y es la de que habrá usted de ir con los ojos vendados.
Y como el maestro manifestase cierta repugnancia a ello, el caballero sacó de entre la capa un revólver y poniéndoselo en el pecho le dijo:
—Puede usted elegir entre el oro y el plomo.
Ante tan poderosos argumentos, el albañil, encomendándose mentalmente a Dios para que le sacase con bien de aquella aventura se dejó vendar con un pañuelo negro de seda que el caballero le apretó fuertemente para asegurar de que no vería nada. Y aún tomó la precaución de cerrar las cortinas del coche para que si le quedaba alguna rendija del pañuelo no pudiera ver en absoluto el camino por donde le llevaba. Hecho ésto, el caballero subió al pescante y arreó los caballos que salieron a buen paso arrancando con sus herraduras chispas del empedrado de la calle
Anduvieron durante mucho rato. El albañil trataba de adivinar por las vueltas que daba el coche doblando esquinas, el itinerario que enseguida perdió el hilo de las calles. Luego debieron tomar alguna carretera, porque el trayecto se hacían en línea recta y por terreno no empedrado. Así estuvieron una hora larga y al cabo volvieron a entrar en lugar pavimentado, porque volvió a sentir la trepitación de las piedras bajo las llantas del coche. Por fin se detuvieron y ayudó a salir al embozado albañil llevándole cogido de un brazo para que pudiera caminar con los ojos vendados. Anduvieron unos pasos y entraron en una casa porque ahora el suelo era liso, y a Esteban le pareció pavimentado de grandes losas de piedra, o de mármol. Descendieron unos escalones, y entraron en un lugar que debía ser un sótano porque olía a humedad.
Entonces el caballero le quitó la venda que le cubría los ojos. A la luz de unas velas encendidas, pudo entonces el albañil tratar de observar la su acompañante. Como en la calle Marqués de la Mina no existía alumbrado y era una noche muy oscura, no se había percatado de que el caballero a más de embozarse en la capa, llevaba un antifaz que le cubría el rostro. El descubrir estos detalles asustó al honrado Esteban Pérez, pero disimuló el miedo lo mejor que pudo. El caballero le condujo al extremo del sótano y entonces vió Esteban algo que todavía aumentó su terror. En una especie de pequeña habitación o alacena, había una mujer sentada en una silla, amarrada con cuerdas y amordazada.
El caballero ordenó con voz dura e imperiosa al albañil:
—Levante usted un tabique ante la puerta de esa alacena.
Temblándole las manos, y doblándosele las piernas del pavor que le embargaba, el albañil comenzó su trabajo, con los materiales que tal y como le había anunciado su acompañante, estaban allí amontonados en el suelo. No faltaban ni siquiera el agua para amasar la mezcla. Mientras hacía los preparativos observaba que la mujer le miraba con los ojos llenos de espantoso terror.
Levantó el tabique, lo enfoscó y enlució con yeso, dejándolo tan perfecto que no se advertía que tras él había una habitación donde quedaba sepultada viva una criatura.
Terminada la macabra faena, el caballero advirtió con terrible voz al amedrentado albañil:
—Si de esto sabe alguien una palabra, puede usted contarse entre los muertos.
Seguidamente le entregó cinco monedas de oro que, aunque representaban una fortuna para el modesto albañil, no le produjeron el menor entusiasmo. Guardó peluconas en el bolsillo, y se dejó vendar otra vez los ojos sin protestar.
Volvió el caballero a cogerle del brazo y le sacó de allí, subiendo los mismos escalones, cruzando el mismo zaguán enlosado, hasta el coche, donde cerró igual que antes las cortinillas, y luego rante una larga hora le condujo por el mismo itinerario de calles carretera y otra vez calles hasta la esquina de Santa Clara, donde detuvo el carruaje, y ayudó a bajar al albañil quitándole el pañuelo de ante los ojos. Al despedirle le enseñó nuevamente el revólver reiterándole la advertencia de que le mataría si algo se atrevía a decir.
El albañil entró en su casa alterado y pesaroso de lo que acababa de hacer, y se volvió a acostar en silencio. Su mujer notó que algo raro le había ocurrido, pero él no quiso contestarle y se volvió de espaldas intentando conciliar el sueño. Sin embargo, pasado un rato y ante las insistentes preguntas de ella. Esteban no pudo seguir guardando silencio y le contó el terrible suceso que le había ocurrido.
—Pues tú no puedes callarte, porque eso significa convertirte en cómplice de un crimen. Lo que tienes que hacer es irte corriendo a dar cuenta al Juez de lo que ha pasado.
Esteban Pérez comprendió que su mujer tenía razón, y se vistió para salir, y porque no fuera solo y le pudiera ocurrir algo, ella se vistió también y salieron juntos para buscar la Alcaldía de barrio, donde les informaron dónde vivía el Juez de guardia, que era aquel día Pedro Ladrón de Guevara.
En presencia del Juez, Esteban contó lo sucedido, y el Usía le preguntó vivamente preocupado:
—¿Qué tamaño tenía la alacena donde usted emparedó a la mujer?
—Pues como tres varas de largo por tres de ancho y unas cinco de altura.
—Entonces la mujer tendrá aire para respirar durante unas cuatro horas. —Tenemos que averiguar antes de que amanezca dónde está la casa— observó el Juez.
Y tomando diligentemente su sombrero de copa y embutiéndose en la levita añadió:
—Vamos ahora mismo a empezar las diligencias. En primer lugar, ¿usted no podría deducir por el camino que ha recorrido en el coche a donde le han llevado?
—No, Señoría; mucho lo intenté, pero me fue imposible seguir el hilo del trayecto.
—¿No tiene usted ningún indicio, de algún ruido de molinos, presas, o algo que pudiera servirnos de indicación?
—No oí nada. Calculo que hemos andado como tres leguas, y ahora que Usía lo dice, me extraña que no hayamos pasado por ningún lugar donde se oyera el río, ni los molinos que hay en él.
—Entonces la cosa es difícil. Los pueblos que hay a distancia de tres leguas tienen todos durante la noche funcionando sus molinos, y en Alcalá de Guadaira el ruido de las panaderías y el olor de pan no le hubiera pasado inadvertido. Otra pregunta ¿tiene usted el mismo calzado que llevaba, o se ha cambiado usted de botas?
—No, Señoría, llevo el mismo, y si lo dice por si se me ha pegado barro en las suelas, ya me fijé en ese detalle.
—¿No escuchó usted algunas campanas de algún convento que
tocasen maitines o algún rezo nocturno? Podría ser que hubiera usted pasado por San Isidoro del Campo o por algún monasterio semejante.
—Ahora que me dice Usía esto, sí recuerdo un detalle. Mientras estábamos entrando en la casa, oí dar la una en un reloj de torre. Por cierto, que pensé si sería la una o si sería un cuarto, pero después, cuando estaba trabajando en levantar el tabique, oí dar el cuarto, lo que me aseguró de que la primera hora que escuché fue en efecto la una.
—Bien, ya tenemos un indicio. Tendremos que empezar por buscar al relojero de la ciudad.
Dispuso el Juez que se fuera con él Esteban Pérez, y ambos fueron rápidamente hacia la calle Gallegos, donde vivía don Manuel Sánchez, relojero de la Ciudad, y relojero del palacio de los Duques de Montpensier. El Juez explicó en breves palabras a don Manuel el asunto, pidiéndole su colaboración pericial. El relojero caviló unos momentos y después dijo:
—Relojes de torre que den los cuartos con una sola Campanada, no hay ninguno en pueblos, que estén situados a tres leguas de Sevilla Los conozco muy bien y todos son relojes modernos de doble campanada en los cuartos y en las medias.
—Esto quiere decir que no le han llevado a usted a ningún pueblo, —observó el Juez dirigiéndose a Esteban—, Durante el trayecto de carretera, ¿se fijó usted si daban las vueltas hacia los dos lados, o siempre giraban hacia el mismo?
—Pues ahora que caigo, siempre girábamos a la derecha.
—Una hora entera, y girando siempre a la derecha, no es camino a ningún sitio. Le han estado a usted dando vueltas por la Ronda, alrededor de Sevilla, para desorientarle, La verdad es que podemos suponer, que no le han sacado a usted de la ciudad— concluyó el Juez—
—Pues es verdad, —asistió Esteban Pérez—
—¿Y cuáles relojes, de esas características de una campanada en los cuartos hay en Sevilla?—preguntó el Juez a don Manuel—
—Hay muchos
—Pues los habremos de comprobar todos, don Manuel.
Véngase con nosotros, para que los haga usted sonar, y pueda este hombre identificar por el oído cuál reloj fue el que escuchó hace un rato.
Rápidamente, con la premura del tiempo que les quedaba para evitar que la mujer emparedada se asfixiase en su estrecha cárcel, don Manuel Sánchez, su hijo Sánchez Perrier y el oficial relojero don Eduardo Torner, a quien despertaron para que les ayudase, fueron recorriendo una por una las torres de Sevilla donde había relojes públicos, despertando a los sacristanes para que le franqueasen el acceso, y adelantaban las manecillas para hacer sonar un cuarto, mientras abajo en la calle, el albañil se esforzaba en reconocer el sonido de las campanas.
Así estuvieron en el Ayuntamiento, en la Universidad, en el Palacio de San Telmo, en la Casa de Correos, y en varias iglesias incluyendo la Santa Catedral. Ya estaban desalentados al repitirse una y otra vez las negativas del albañil, cuando en la plaza de San Lorenzo, Esteban Pérez al escuchar el reloj le dijo al Juez con viva alegría.
—No cabe duda. Ha sido el reloj de San Lorenzo. — Y añadió— ¡Pero qué brutísimo soy! Mira que ser el reloj de mi barrio y no haberlo reconocido entonces. Claro que por lo nervioso que estaba no eché cuenta en ello.
Ya estaba la mitad del misterio aclarado. Pero faltaba por aclarar la otra mitad. ¿Qué casa próxima a la iglesia de San Lorenzo sería la que buscaban? El Juez requirió al Alcalde del barrio, quien manifestó:
—Casas que tengan sótano, cercanas a la iglesia no creo que haya más de dos. La una en la calle de Santa Clara, y la otra en la misma plaza de San Lorenzo.
Se dirigieron a esta última, y el Juez llamó a la puerta sin obtener respuesta. A los golpes salió una vecina de la casa próxima a la ventana, y dijo:
—No se molesten en llamar, porque en esa casa no hay nadie. Hace un momento que el dueño ha salido en su coche de caballos con varias maletas. Se conoce que se iba de viaje.
Mandó el juez a la vecina que bajase a la calle, y allí la interro_gó sobre quién era el dueño de la casa en cuestión, inmediata a la iglesia de San Lorenzo, y la vecina, le describió de suerte, que Es_teban Pérez pudo convenir en que era el mismo sujeto que le había sacado a deshoras de su casa. No cabía, pues, duda de que después de cometida su fechoría, el criminal se daba a la fuga. Mandó el Juez al albañil que trajese una barra de hierro o una piqueta y que descerrajase la puerta, lo que hizo sin tardanza trayéndose de su casa, muy próxima, las herramientas necesarias.
Entraron en la casa y en efecto había un sótano al que se bajaba por unos escalones desde el mismo zaguán Violentaron también la puerta del sótano, entraron en él, y al fondo el albañil tanteó la pared y se la indicó al Juez diciéndole:
—Vea su Señoría como todavía está húmeda la mezcla que puse hace tres horas.
Derribó Esteban el tabique y apareció ante los ojos del Juez y de sus acompañantes la mujer emparedada, que todavía estaba viva aunque desmayada.
Mandó el Juez al alguacil que llamara al boticario de San Lorenzo y que trajera sales para reanimar a la señora, y cuando ésta recobró el conocimiento, contó la historia de lo que le había sucedido.
Era hija del dueño de una de las confiterías que había en La Campana, y habiendo cumplido los treinta años se daba yar por solterona irremediable, cuando vino a Sevilla un caballero de edad madura muy rico, quien la pretendió, y como no tenían por qué esperar, se casaron en breve tiempo. El caballero venía de Cuba, y según le había contado, tenía en aquella colonia plantaciones de caña e ingenios de azúcar que le proporcionaban abundantes rentas. A poco de casarse, se manifestó él tan celoso que la tenía encerrada sin permitirle salir más que a Misa, y eso acompañándola él. Nunca le consintió recibir ni hacer visitas, y cuando ella le hablaba de que quería ir a ver a su familia, que vivía tan cerca, se negaba a consentírselo, diciendo que puesto se había casado, no tenía más familia.
El día anterior había regresado de Cuba un primo de ella, militar que durante algunos años estuvo en la guarnición de La Habana y por la tarde había ido a visitar a su prima, la que le recibió no estando el marido.
Por la noche, él enfurecido porque su esposa recibió al pariente a pesar de la prohibición, la obligó a escribir una carta comunicando a sus padres, que se marchaba a Cuba con su esposo, y después de hacer esto, la hizo bajar al sótano en donde la amarró y amordazó, teniéndola allí hasta que vino el albañil y la emparedó, como ya sabemos.
Envió requisitoria el Juez a la ciudades de la costa, con el fin de apresar al fugitivo y con tan buena fortuna que le detuvieron en Cádiz cuando ya estaba embarcando en un buque que iba a zarpar con rumbo a La Habana.
Conducido a Sevilla, declaró, y ya se pudo saber la verdad de todo. Aunque cuando vino de Cuba por primera vez a España, y se afincó en Sevilla dijo que era propietario de plantaciones azucareras, lo cierto es que nunca tuvo tales posesiones, sino que había sido el verdugo de La Habana, y que con las ejecuciones de muchos reos ganó bastante dinero, pues según una antigua costumbre el verdugo cobraba una onza de oro por cada ejecución. Era la época en que se iniciaban los primeros movimientos revolucionarios con los que Cuba procuraba obtener su independencia. Para ganar más dinero, el verdugo denunciaba falsamente a muchas personas acusándolas como revolucionarias, y de esta manera abundaban más las ejecuciones. Finalmente, a los que tenían dentaduras de oro, o conservaban algunas prendas de valor, se las quitaba después de ejecutarles, y de este modo, así como recibiendo dinero de algunos a quienes amenazaba con denunciar para no hacerlo, amasó un buen capital. Para disfrutarlo sin temor a acechanzas ni represalias de las familias de los denunciados por él y al mismo tiempo temeroso de que se descubriera la falsedad de muchas de sus delaciones, se vino a España, y se casó con la hija del confitero, dispuesto a acabar aquí regaladamente sus días.
Pero, cuando el mismo día de la boda se enteró de que su mujer tenía un pariente muy allegado que estaba en Cuba, pensó que todo acabaría por descubrirse, por lo que fingiendo estar celoso, apartó a su mujer de toda convivencia con su familia, y más tarde, al saber que el pariente había sido repatriado y que había estado en su casa, pensó que todo estaba a punto de descubrirse, por lo que quiso deshacerse de su mujer, emparedándola, y no la mató por sus propias manos, porque en los últimos tiempos, recordando las ejecuciones que había realizado, tenía pesadillas y remordimientos y ya no se atrevía a matar a nadie.
El verdugo de Cuba, por el intento de matar a su mujer emparedándola, y por los crímenes que con sus falsas delaciones había cometido, fue condenado a muerte y ajusticiado en el patíbulo en la «Azoteilla del Pópulo», donde le dieron garrote vil como él lo había dado en La Habana a tantos infelices. La emparedada de San Lorenzo se volvió a casa de sus padres, y vendió el edificio donde tanto había sufrido, no queriendo vivir más en él. Pasado algún tiempo, este edificio vino a ser Jefatura de Obras Públicas, y ahora sobre su solar, se ha levantado la nueva Basílica de Nuestro Padre Jesús del Gran Poder.
