PATIOS Y FLORES

PATIOS Y FLORES I

Sevilla, desde tiempo inmemorial había sido considerada por quienes la visitaron como un auténtico vergel. Ayudaban a darle este prestigio la suavidad de su clima que permite la renovación de flores en las cuatro estaciones del año, el gusto de las muJeres sevillanas por el adorno floral, y la disposición de las casas, dotadas de patios, azoteas y balcones, en los que «poner macetas». Y en los tiempos que estamos historiando, las características de la vida y la sociedad, sin prisas, sin otras solicitaciones para invertir el tiempo libre, y con un profundo sentido hogareño.

Todo ello se unía para que las casas sevillanas, y las calles y plazuelas, mostrasen durante todo el año una abundante y selecta ornamentación vegetal.

Las calles, eran mucho más anchas que ahora, pues el concepto de anchura no es jamás un término absoluto sino comparativo, en relación con la altura de las casas. y con la densidad de vehículos y viandantes. Así muchas de nuestras calles ostentaban el nombre de «ancha» lo que indica que el espíritu de los sevillanos estaba claro ese concepto de andmra de las vías urbanas. Así se llamaba «Calle Ancha de la Feria» a la calle Feria; «Calle Ancha de San Vicente» a la de San Vicente; «Calle Ancha de San Martín» a la de Saavedras, etcétera.

Estas calles estaban bordeadas de árboles, y así la de San Vicente, hasta l .950 tenía dos hileras de acacias; en la parte alta de la de la Feria habría naranjos ante la iglesia de San Juan de la Palma, y lo mismo ocurría en otras muchas. Las plazas y plazuelas tenían todas naranjos que en pleno invierno mostraban sus frutas de cándido color, y en la primavera se cuajaban de blancas y olorosas llores de azahar.

Además de los jardines públicos, Parque tic María Luisa, Salón de Cristina, Jardines de Murillo y de Catalina Ribera (que acababan de agrandarse al añadírseles parte de los jardines del Alcázar, cuya tapia se retranqueó a principios de siglo), había otros muchos jardines, en los compases o patios de acceso a los principales conventos. Así el Compás del Monasterio de San Clemente, que cuidaban amorosamente sus porteros o mandaderos del convento Francisco Magaña y Dolores Moreno, personajes de quienes los hermanos Alvarez Quintero copiaron el modelo de tipos populares sevillanos para sus comedias, y cuyo jardín pintó repetidas veces el insigne pintor Joaquín Sorolla. El Compás del Convento de Santa Paula, también era un bellísimo jardín, y lo mismo se puede decir de los restantes conventos.

 

En casi todos ellos se vendían ramos de flores durante todo el año, y con esto las monjas de clausura obtenían una ayuda para su modesta economía. En el interior de los conventos, invisible al público, había un segundo jardín, que en muchos casos era a la vez cementerio para enterrar a las monjas fallecidas. El jardín del convento de San Clemente era famoso no sólo por sus flores sino por sus plantas medicinales, ya que las monjas habían permitido al farmacéutico de la calle Relator, don Eloy Burgos, plantar allí un herbario medicinal, el más importante de Sevilla.

Una curiosidad sevillana, casi increible es que dentro de la ciudad había aún algunas huertas y parcelas sembradas de produrtos agrícolas. En la calle Martínez Montañés existía la célebre Huerta de los Perros hasta los años treinta. Incluso mucho más tarde se conservaban estas huertas interiores, y contaré un episodio sorprendente que me ocurrió ya en los años cincuenta.

Andábamos buscando un local para el Conservatorio de Música, pues el que ocupaba este centro de enseñanza se había quedado pequeño, y el Ministerio de Educación me sugirió que examinase algunos edificios perte­ necientes a la Dirección General de Bellas Artes, declarados monumentos histórico-artísticos, por si alguno podía servir: de este modo se conservaba un edificio valioso, y se obtenía de él un aprovechamiento práctico. Me hablaron de la Casa del Rey Moro, situada en la calle del Sol, edificio que se había dedarado monumental, por el mérito de la columnata alta de su patio. Llegué para visitar el edificio, lo recorrí entero, y por un patio interior salí a un espacio abierto, que me pareció ser un jardín. Cual no sería mi sorpresa, al encontrarme que el tal espacio abierto era una parcela bastante grande, en la que había sembrado ¡un cultivo de trigo y cebada! Y esto era en la calle del Sol, a pocos metros de la iglesia parroquial de San Román.

Había en Sevilla y aún los hay, algunos jardines o viveros particulares dedicados a la venta de flores al público, siendo los más notables, el Jardín de la Santa Caridad, frente a la puerta principal del Hospital de este título, jardín rodeado por una alta verja de hierro, y que tenía en su interior la estatua de don Miguel de Mañana, obra magnífica en bronce, del escultor Antonio Susillo. Otro jardín era d de Capuchinos al arrimo de la iglesia de Sa Hermenegildo, que sirvió de inspiración a los autores Quintero, León y Quiroga, dándoles temas para una famosísima canción titulada «Rosita de Capuchinos», que decía:

«Rosita de Capuchinos

vara de nardo y clavel

eres ramito más fino

del jardín de mi querer.

¿Quién te pintó esas ojeras

en tu carita de rosa

quién te mandó que sufrieras

igual que una Dolorosa?

Te quiero sembrar de flores

la senda de tu destino

porque no quiero que llores

mi rosa de Capuchinos»

 

Pero donde alcanzaba su máximo esplendor la Sevilla florirla, no era en los Jardines, sino en los patios de casas particulares, y en los Corrales de vecindad.

Había cientos, miles de casas parliculares, porque todavía la vivienda no se había socializado ni se constnua en bloques, sino que cada familia procuraba tener su propia casa. La mujer procuraba tener la casa embellecida de toda suerte de macetas, desde el patio hasta la azotea.

Una gentil dama sevillana, la viuda de don Manuel Rodríguez Cabrera, que durante muchos años vivió en la calle Cardenal Spínola, 15, y que ganó durante muchos años el primer premio de exhorno de balcones (pues el ayuntamiento convocaba cada primavera un concurso de patios y balcones floridos), me ha contado cuáles eran las plantas adecuadas a cada lugar de la casa:                                                                                    ·

En el patio se ponían macetas con Geráneos de Sardina (variedad del geráneo de gran diversidad de colores). En las paredes del patio o sujetas con abrazaderas en las columnas, se ponían otras macetas con Gitanillas, planta de la misma familia que d geráneo, pero colgante. Los géneros, de colores rojo,  rojo y negro, rosa, rosa y blanco (éstos llamados » del señorito»), morado y negro, y dentro de cada uno de estos tipos, diversos matices. La Gitanilla era, generalmente rosa, lila o blanco pintado de rosa. Había geráneos de dos clases, unos de todo el año que dan floraciones sucesivas en toda época, y los otros solamente con flor en primavera, blanco y rosa con pintas, que se llaman «Geráneos del Premio». Tabmíen en el patio se ponían la Begoña, que da una flor pequeñita color rosa muy delicada, y como flores de gran lujo las Azucenas, Trompetones y Galdiolos, pero estas tres como necesitan mucho sol para desarrollarse se criaban en sus macetas en la azotea, y solamente se bajaban al patio en primavera en las semanas que duraba su flor. Las Azucenas y Trompetones se plantan en Enero y dan su vara de flores en Mayo.

En los balcones y en la balaustrada de la azotea se ponían macetas de Albahaca, y de Miramelindo que da una flor de colores muy variados, en verano. Los claveles que tanta fama gozan en Sevilla se criaban en la azotea, porque no es una planta vistosa, y luego en su época de flor se ponen en los balcones para lucirlas. Los balcones se llenaban de macetas de geraneos, y de gitanillas, cuyas plantas rebosaban por entre las rejas y barandas, convirtiendo el balcón en un auténtico arriate colgante.

Si en el patio había alguna esquina con abundante sol, se ponía un macetón o un barril de madera pintado de verde, con una planta de jazmín que se hacía trepar por las columnas del patio y que perfumaba el ambiente en las noches de verano. Tan fuerte era el olor de los jazmines que en Sevilla se ha acuñado un verbo, que no existe en el idioma español en las demás regiones, y que es eñ de «trasminar» o sea un olor de jazmines que traspasa el aire. «La noche trasmina», se dice. «Un perfume que trasmina todo el barrio».

Si el patio no tenía sol o se le había cubierto con montera de cristales entonees había que prescindir de la mayor parte de las plantas, decorandolo solamente con Pilistras de ancha hoja verde, sin flor; los Helechos en sus dos variedades, de helecho basto y helecho fino; y las Esparragueras, también bastas, o finas, y con una tercera vanedad llamada «Esparraguera doble». Para dar una pincelada de color en estos patios había que bajar alguna maceta con flores de la azotea, haciendo un turno para que estuvieran una semana en el patio y un mes en la azotea.

Los Corrales de vecindad, no tenían las flores tan finas como los patios particulares; no había gladiolos, ni trompetones, ni lírios, pero en cambio los geráneos disfrutaban mucho más sol y se apiñaban en sus macetas en torno al pozo situado en el centro del patio, formando una lista vegetal de verdes, y una locura de colores. Las barandillas de la galería alta estaban colgadas de gitanillas que derramaban generosamente sus hojas y sus flores hacía el patio festoneando todo su contorno. Y no podía faltar en medio el barril de madera pintado de verde o blanqueado de cal, con la planta de jazmín, o con la planta de Dama de Noche. Esta planta da un olor mucho mas fuerte que el jazmín, tan penetrante como éste, y de un aroma exquisito, pero tiene el inconveniente de que su proximidad produce dolor de cabeza. Por eso no se solía tener en las casas particulares, que son más pequeñas, sino en el amplio patio de los corrales de vecindad.

Entre los corrales de vecimlad de Sevilla destacaban por su abundancía de flores el Corral del Conde en la calle Santiago, el Corral de las Mercedes en calle Bailén, y los de calle Dueñas, y calle Vírgenes. Pero algunos por superarlos a todos alcanzaron a ser conocidos con d nomhre propio de Corral de las Flores, uno en la calle San Roque y otro en la calle Castilla a su comienzo, pegado al callejón de la Inquisición.

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La segunda parte en http://demena.es/patios-y-flores-ii-cruz-de-mayo/

© 1982 Jose María de Mena

© 2017 David de Mena

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