La leyenda de la Virgen de la Servilleta
Dice una deliciosa leyenda que Murillo pintó en una servilleta este cuadro de la Virgen para el frailecito que cada mañana le llevaba el desayuno cuando estaba pintando los cuadros con que llenó el Convento de Capuchinos. Es una Virgen popular, sin ropajes suntuosos, sin corona de oro, una mujercita sevillana, que pudiera estar despachando pan en un mostrador, o quizá la esposa de un carpintero de la esquina de la Magdalena. Pero si nos fijamos bien, esa era precisamente la Virgen: la esposa de un carpintero, y su Niño pobremente vestido con una camisilla sin otro adorno que su propia carita sonriente y pícara.
El cuadro, si es que lo pintó para obsequiar al lego que le atendía en el convento, salió tan bonito, -tan requetebonito-, que el Padre Prior de los Capuchinos echó mano de los Estatutos, y le dijo al lego:
Hermano, el voto de pobreza de nuestra Orden nos impide tener ningún objeto propio, así que entrégueme el cuadro que le pintó el maestro Murillo, porque no debe usted tenerlo en su celda para disfrutarlo sólo; debe pasar al altar mayor para que lo disfruten todos.
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No estoy inventando nada; así debió suceder, si es verdad que Murillo lo pintó para el frailecito, pues la Virgen de la Servilleta, cuya verdadera advocación es Virgen de Belén, estuvo colocada nada menos que en el altar mayor del Convento de Capuchinos, en el Centro, debajo del gran cuadro del Jubileo de la Porciúncula, desde los años de 1660 hasta 1835 en que al producirse la ley de la expulsión de los frailes o exclaustración general, desapareció el convento como tal, y los cuadros de Murillo pasaron al Museo Provincial, Y aunque pasado el tiempo volvió el edificio de Capuchinos a albergar una nueva comunidad de religiosos, los cuadros ya no volvieron al templo para el que Murillo los pintó.
© 1994 Jose María de Mena
© 2017 David de Mena
