LOS PREGONES DE SEVILLA II
Un hombre, con una trompetita, recorría los barrios, atrayendo a los chiquillos, y llenaba las plazuelas con su pregón:
Salaitos y dulces.
No era el único vendedor de altramuces, pues también había una mujer que adelantándose en casi medio siglo a los modernos cantautores de la «canción protesta» político-social, pregonaba quejándose de su miseria:
Mañana sábado
que me conviene,
que, los chiquillos
perrillas tienen
anda pa allá
venga pa acá
me estoy quitando
la jambre a bofetás.
Una mujer de edad indefinida, rubia, que lo mismo podía tener cuarenta que sesenta años, menudita, y vivaracha, vestida con un sorprendente traje, parecido al que vestían las campesinas de la zarzuela La Alsaciana, faldita negra rnás bien corta, un delantal con puntillas y una cofia chiquita blanca con un filito negro, pregonaba a la hora en que los niños ya habían salido de los colegios:
Almeeeeendras
saladas y garrapiñadas
a diez céntimos el paquete.
Un hombre borrachín, con su canasto al brazo, recorría Sevilla desde la calle Parras hasta el Postigo, pregonando:
Palomitas cordobesas
qué ricas y qué buenas.
Pero de estos vendedores de chucherías se llevaba la palma un tipo que anduvo por Sevilla hacia el año 1.934 0 35, cantando una retahila muy musical, casi un cuplé que decía:
Las pelotillas americanas
están muy ricas y son muy sanas
están muy buenas de comer
de co, de co, de co,
de co, de comer.
Nadie se explicaba cómo podía vender tan barato:
Al estilo de Sevilla
tres pelotas a la perrilla.
Teniendo en cuenta que eran pelotillas del tamaño de albóndigas, de coco puro, resultaba imposible que las vendiera a ese precio y le pudiera ganar algo. Después de algunas semanas de recorrer las calles desapareció. Anduvo también por Toledo, Madrid y otras ciudades.
Yo me quedé lleno de curiosidad por saber cual era el truco de aquel hombrecillo. Pasados treinta años, un periodista corresponsal que regresaba de Alemania me contó, no sé con qué fundamento, una versión sorprendente del tío de las «pelotitas americanas». Me dijo que el canasto y la mercancía era una simple tapadera de otra actividad mucho más importante y singular. El vendedor, según me dijo el periodista, había sido un agente del Servicio Secreto nazi, que recorría España, haciendo espionaje en vísperas de que Alemania se lanzase a la Segunda Guerra Mundial.
Un viejecito que recorría Sevilla en los años cuarenta, y antes, deteniéndose sobre todo ante los talleres de costura y de bordado, (muchísimos en una época en que la ropa no se compraba hecha en los grandes almacenes como hoy sino que se hacía a medida en los obradores artesanos de sastres, sastras, modistas, costureras, y bordadoras) , era el que pregonaba.
Alcuuuuzas, aceite de máquinas,
cubiertas de máquinas…
lanzaderas…
También acudían a los corrales de vecindad, y a los talleres de las modistas, una curiosa pareja de dos mariquitas que vendían colonia. Aquellos mariquitas, realizaban trabajos femeninos a los que su condición les solicitaba, y así iban a las casas a blanquear, e incluso a lavar la ropa. Pero también había éstos que vendían productos para las mujeres, lo que les hacía sentirse en medio de las mujeres como una de ellas. Yo conocí a estos dos mariquitas llamados «La Nardo» y Curro, que llevaban un maletín o estuche de forma vertical, no horizontal como los maletines corrientes, para que cupierañ las botellas de perfume puestas de pie. Solían ir una vez por semana a casa de la calle Marqués de la Mina donde vivía mi tita Isabel. A ella no le hacía mucha gracia, pero en la casa había un taller de dos hermanas costureras con varias aprendizas jovencillas, y además había otras vecinas que les compraban los perfumes. Currito, sacaba del maletín con mucho cuidado y mimo una probeta alta y estrecha de cristal, con su escalilla graduada en centilitros, pero que él no entendía por tales centílitros, sino de esta otra forma:
Hasta esta rayita son dos pesetas.
Hasta esta otra un duro.
No faltaba siempre alguna clientela que no tenía las dos pesetas completas, y entonces le despachaba hasta la mitad de la altura de la primera rayita, por una peseta.
Al llegar al patio el más alto de los dos voceaba:
Niñas, que ya está aquí la Nardo.
Y salían las mocitas en alegre y ruidosa bandada, cada una con su frasquito en la mano, a comprar Agua de Colonia de Jazmín, o de Nardo. También llevaban alguna botella de perfume de marca, como Myrurgia, Embrujo de Sevilla, o Maderas de Oriente, que vendía al menudeo. Algunas vecinas le pedían :
Mi arma, hazme un rebujito decente.
Y entonces el mariquita hacía una mezcla, como los antiguos alquimistas, echando un chorrito de cada clase. Las distintas mezclas tenían también sus nombres propios, inventados, pero que se popularizaban y en la calle era frecuente escuchar:
Esa, lleva perfume Macarena
o bien:
Esa, lleva perfume de Triana.
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Un pregón que se hizo famoso en el mundo entero, fue el del viejo que llevaba un borriquillo tan viejo como él, con dos serones harto sucios de tierra, y que voceaba:
Mantiiiiiiillo
pa las macetas.
Este viejo se detenía siempre largo raro en la calle Ricardo Checa, esquina a Abad Gordillo, y ataba el burro a la reja de la ventana de casa de mi cuñado, Emigdio Mariani, el compositor de música y catedrático del Conservatorio. Dejaba allí el burro estacionado, y se iba con una espuerta en la mano a vender por las calles Abad Gordillo, Jesús, plaza de Doña Teresa Enriquez y Cardenal Cisneros. Por cierto que todavía la gente seguía llamando a la calle Ricardo Checa con el antiguo nombre de La Dama, y a la plaza de Doña Teresa Enriquez con el nombre de Gunderico.
Un día, estaba de visita en casa de Mariani el también músico sevillano, Joaquín Turina, célebre compositor y catedrático del Conservatorio de Madrid, quien el escuchar el pregón del viejo
Mantiiiiiillo
pa las macetas
se quedó maravillado de su eufonía, pidió a Mariani un trozo de papel pautado, se fue al piano, y transcribió la melodía del pregón. Esta frase melódica le sirvió a Turina como «leit motiv» para su Sinfonía Sevillana.
Por la plaza del Museo pasaba al atardecer, en verano, un hombre con un delantal inmaculadamente blanco, y un canasto plano, grande, guarnecido con un mantel también blanquísimo, en el que estaban colocados ordenadamente los barquillos de vainilla, y los «parises» o «barquillos parisién» que pregonaba
Parises y barquillos finos,
a la parisién…
Que son de canela, vainilla y limón, mu güenos
También se estacionaba en el Museo, y en los jardines del Paseo de Colón, y en los jardincillos del hospital de la Macarena otro barquillero, pero éste apicarado y golfo, con su gran barquillera de latón, con la ruleta para darle vueltas y sacar premio jugando «al clavo», del cual eran clientes no sólo los niños sino también los soldados sin graduación, los peones de albañil, y los desocupados y golfos. Este pregonaba:
—A la reolina,
el barquilleeeeeero
barquiiiiiiiillos.
En la Plaza Nueva se solía ver por la tarde en verano a una mña que llevaba una bandeja de hojalata con jazmines en pequeñas moñas
Jazmiiiiiines, jazmiiiiines.
El tío de la alhucema era ave de invierno y pregonaba:
Hay alhuceeeema y romero.
Esta alhucema y romero eran plantas silvestres, olorosa, que se vendían secas, y que las mujeres compraban para echar un puñadito en la «copa» o brasero, sobre los picones encendidos, para que al quemarse despidiera un humo aromático que perfumaba las habitaciones. También se usaba para hacer sahumerio y perfumar con ese humo las ropas después de lavadas, para guardarlas en el ropero ya perfumadas, y después de los partos.
Aunque en los años treinta los ciegos pedían limosna, o cantaban romances por las calles y plazas, en 1.940 el gobierno del General Franco creó la Organización Nacional de Ciegos, y le concedió el privilegio de que hiciera diariamente la única rifa legal autorizada en España, como también el mismo gobierno había prohibido las Casas de Juego, y las rifas callejeras, los ciegos se encontraron dueños de un saneado medio de vida. Desde entonces empezó a oirse por las calles el pregón de los ciegos vendiendo «el Cupón
Niña, para hoy
el premio para hoy
¿quién quiere el premio?
sin otra competencia que la de la Lotería, que no era competencia porque un décimo de Lotería valía quince pesetas, mientras que el cupón de los ciegos valía solamente una peseta, y era la Lotería de los pobres. El vendedor de Lotería limitaba casi su recorrido a la calle Sierpes, los alrededores de los Mercados, y las Estaciones del ferrocarril, cantando:
Vaya, los millones,
quien quiere los millones,
del Gato Negro, para mañana.
o la mujer que vendía los décimos, pero de otra administración:
Que son para mañana,
de la calle Sagasta,
el último que me queda.
No terminaremos este capítulo de los vendedores ambulantes sin recordar al chinito que vendía collares; con su pronunciación oriental, des. huesada de erres; y de eses.
Los colares,
colares
vendo colales a peleta
a peleta.
El chinito con sus collares colgados del brazo extendido como una percha, se metía por entre las mesas de los bares, o merodeaba por las veladas, y por la Feria. Los collares a peseta eran de unas perlas muy bien imitadas, falsas, pero que parecían verdaderas. Lo mismo que era imitado y falso el propio chino aunque parecía verdadero; pero no era verdadero chino sino japonés, y que un día tuvo la mala suerte de que le atropellase un coche. El dueño del vehículo recogió al chino y en vez de llevarlo al hospital lo condujo a una clínica de pago y se hizo cargo de los gastos de su curación. Cuando pasaron dos o tres meses, recibió una sorprendente carta invitándole a visitar el Consulado del Japón. Allí encontró vestido de Uniforme de Coronel de Estado Mayor al chinito, que sonriendo le dijo: —Quiero darle las gracias y hacerle un pequeño obsequio. Y le entregó un rollo de papeles.
El asombrado señor aceptó el obsequio sin saber lo que era. Cuando llegó a su casa se encontró con que el rollo de papeles contenía un plano de su propia finca de campo, una finca de secano, que jamás le había producido un céntimo.
Sobre el plano había dibujada una cruz, y al pie había una indicación que decía:
-Según nuestro servicio de Geología y Geodesia, en este lugar exacto puede aflorarse agua, pues existe una bolsa a sólo quince metros de profundidad.
También los japoneses, como los alemanes, andaban en aquellos años de 1.930 preparándose para la Segunda Guerra Mundial.
© 1982 Jose María de Mena
© 2017 David de Mena
