Juan Guas
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Un Toledano en Normandía

Sería injusto dejar pasar, sin recuerdo elogioso, el Centenario de la muerte de un toledano ilustre, que nació en Normandía para la vida biológica, pero que nació en Toledo para la vida artística.

Personaje ilustre aunque hoy bastante olvidado, a quien Toledo debe su tercer edificio importante, puede tras la Catedral y el Alcázar, sin duda la obra arquitectónica de mayor categoría es el Convento de San Juan de los Reyes.

Según los historiadores franceses Jean Was nació en Sainl Poi-de-León, Normandía, el año 1430. Es decir, se trata de un ciudadano francés. Sin embargo otros autores le consideran flamenco, y posiblemente nacido en Bruselas.

Para nosotros Juan Was es Juan Guas, hijo de Pedro Guas, que había venido a Toledo en su infancia o adolescencia y que aquí se se hizo artista, aquí se caso, aquí tuvo hijas y yernos, aquí murió y aquí se enterró.

Es pues, un toledano a lodos los efectos, unido a Toledo, cómo Toledo unida a él. En su primera juventud trabajó, junto a su padre y, a las órdenes y bajo la enseñanza del Maestro Hanequin de Bruselas en la construcción de la Puerta de los Leones, que en aquel entonces no se llamó Puerta de los Leones sino Puerta Nueva, y también Puerta de la Alegría porque se decoró con el exhorno escultórico del Misterio de la Asunción de la Virgen, el tema de mayo jubilo, el misterio más gozoso de toda la mariología. Se llamaría Puerta de los Leones dos siglos más tarde, en el XVII al ponerse en su atrio unas esculturas de estas fieras.

Bien, ya tenemos a nuestro Juan Guas hecho un escultor, y al mismo tiempo aprendiendo el arte de la Arquitectura, bajo la enseñanza del Maestro Hanequin y de su propio padre Pedro Guas. Sí, aprende la arquitectura al estilo flamenco. Pero está viviendo en Toledo y a la enseñanza flamenca de su maestro Hanequin Guas une otra enseñanza que no le enseña nadie sino que se la enseña Toledo: la de la mudejaría. Toledo mudéjar, rezumante de azulejos, de yeserías y de ladrillo sonrosado como carne femenina, que se vuelve dorado cuando le da el sol al amanecer, y que relumbra de plata con las escarchas invernizas. Flamenco y mudéjar, Juan Guas se nos hace toledano hasta la médula de los huesos.

Y después de trasminarse en toledano, echa a volar por sí solo, ya sin el Maestro Hanequin y sin su padre. Se marcha a Avila, por donde se iba a Avila, por la carretera, montado en un caballejo, y deteniéndose en Maqueda donde se estaba construyendo el castillo, formidable fortaleza del señor don Gutierre de Cárdenas, y donde asomaba su corona almenada la Torre de la Vela, bastion de la última época árabe.

Y en San Martín de Valdeiglesias contemplaría el admirable castillo de Coracera, el nido de aquel águila de la política castellana que se llamó don Alvaro de Luna. Y en el puerto de la Paramera, viejos cenobios de San Juan del Molinillo y San Juan de la Nava. El románico mezclado con el árabe, conventos y fortalezas, crisol de la mudejaría.

¡Y Avila! amurallada. Catedral fortaleza, que está construyéndose entre románico y gótico, entre templo y defensa, con los planos modificados por el maestro Fruchel. Y nuestro Juan Guas se encarga de una parte importante de la obra: nada menos que hacer una de las dos torres.

¿Por qué Juan Guas dejó sin acabar esta torre? La culpa debió ser de doña Isabel la Católica que le reclama para otras obras. Dona Isabel anda por Avila, consolidando su gobernación. Como en Avila destronaron a su hermano, y en Guisando, allí al lado, la proclamaron Reina, doña Isabel anda siempre rondando Avila, como una leona que guarda su cubil. Si es dueña de Avila y su tierra, será siempre dueña de Castilla.

Buen ojo el de doña Isabel cuando nombra a Juan Guas su Arquitecto Mayor. Juan Guas es ya desde joven el mejor de todos. En el Real de Manzanares se está construyendo el castillo-palacio de don Iñigo López de Mendoza, primer Marqués de Santillana. El de las «serranillas» y el que intentó cobrar derechos de pasaje por sus tierras nada menos que a los rebaños de ovejas de la Mesta que bajaban desde León y Asturias a buscar pastos de la Mancha, Extremadura y Andalucía. El castillo-palacio no acababa de tornar carácter; parecía más castillo que palacio. Juan Guas construye la galería alta, decorada con hojas, que es uno más de los inventos arquitectónicos de la época de los Reyes Católicos.

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Doña Isabel anda montada en una mula blanca por los caminos de Valladolid y de Zamora. Mula blanca para los caminos de paz, y caballo para los caminos de guerra. Se acerca a Burgos que tiene sitiada su esposo don Fernando, y al ver que faltan dineros para pagar a las tropas, doña Isabel galopa al frente de una reducida hueste hacia Segovia. Allí había quedado depositado el tesoro real, que su hermano don Enrique dejó guardado en el Alcázar.

Doña Isabel se hace dueña del tesoro y manda acuñar moneda, «peleando tanto en esta providencia como el rey con las armas». Conduce la moneda labrada al asedio de Burgos, pero allí comprueba que su esposo estaba no sólo falto de dineros, sino de gentes. Y doña Isabel galopa otra vez, ahora por tierras de Valladolid y Palencia, levanta soldados, y convertida en su capitán vuela hacia Burgos llevando los refuerzos. Después de ganado Burgos ambos esposos marchan sobre Zamora.

No se ganó Zamora en una hora, sino tras un recio combate en que los Reyes Católicos no pudieron conquistar la fortaleza, así que la sitiaron. Y entonces el Rey de Portugal vino desde Toro a socorrer a su gente de Zamora, y don Fernando se puso a la cabeza de su tropa, mientras doña Isabel corría a Tordesillas en busca de refuerzos.

Don Fernando con dos mil quinientos hombres de a caballo y cinco mil peones salió a enfrentarse con don Alonso, Rey de Portugal, y en la orilla del Duero, a dos leguas de Toro y tres de Zamora se encontraron ambos ejércitos por la tarde del día 1 de marzo de 1476, bajo una lluvia cerrada. Los caballos se clavaban en el barro, y el aguacero no dejaba de ver. La batalla duró hasta entrada la noche, y allí murieron por las armas, o ahogados al ser empujados hacia el río hasta mil quinientos del ejército portugués.

La Reina que estaba reclutando más gente en Tordesillas, al recibir la noticia de la victoria de la batalla de Toro con la que se ponía fin a la guerra, hizo la más tierna y devota demostración, pues desde el palacio donde posaba se fue descalza a la iglesia de San Pablo de Tordesillas, a dar gracias a Dios, por aquel triunfo, y porque con ello terminaba el horror de la guerra y quedaba pacífico el reino.

Y como prueba de su agradecimiento en forma palpable, decidió que su Arquitecto Mayor, Juan Guas, abandonando cualquier otro trabajo, marchase a Toledo para construir un gran convento, cuya iglesia fuera a la vez Colegiata y concatedral, y sirviera de panteón de los Reyes de Castilla. Si anteriormente en las Huelgas de Burgos y en esta Catedral toledana, y el sepulcro de sus padres Juan e Isabel estaba en la Cartuja de Miraflores, a partir de ahora será en el Monasterio de San Juan de los Reyes donde repose la Historia de España.

Juan Guas pone manos a la obra. Deja sin concluir o interrumpe confiando la conservación a sus ayudantes, parte del claustro de la catedral vieja de Segovia, la capilla mayor del monasterio de El Parral, en que le ayudaron Pedro Pulido y Bonifacio, y la obra del monasterio del Paular, cerca de Madrid.

¡A Toledo! ¡A Toledo!. Es todavía el año 1476 y Juan Guas tiene listo el proyecto y la traza. Será uno de los mejores edificios, si no el mejor del arte hispano-flamenco. O digámoslo más claro: del arte de la España de los Reyes Católicos. En lo espiritual el edificio servirá de monasterio de los religiosos franciscanos. La Reina obtiene nada menos que una Bula del Papa otorgando al monasterio el título de San Juan ante portam latinam.

Hay que comprar varias casas para derribarlas y construir en su solar. El edificio es de muros lisos y severos, casi como si se tratase de una fortaleza. Aquí aparece por un lado la impronta que en el espíritu de Juan Guas había dejado la catedral-fortaleza de Avila, su primer trabajo. Pero también el sentido guerrero de la reina doña Isabel que no cesa de mirar con recelo a Portugal, y con ansia redentora a Granada, la última ciudad cautiva del moro. Edificio de contrafuertes sólidos, muros casi desprovistos de ventanas. Y un coronamiento gótico flamígero, quizá en homenaje a su maestro Hanequin Egas, Hanequin de Bruselas, el que introdujo en Toledo y en España esa tardía forma del gótico.

¡Y no hay campanario en torre! No, no hay torre de campanario. Hay una sencilla espadaña de tres ojos para que suenen tres campanas. Si Castilla y León tienen torres fuertes, torres almenadas muchas veces, torres sólidas, con saeteras, y arriba el nido de cigüeñas que puestas en una pata hacen de vigías. Aquí no tiene necesidad de torres que para eso están la maravilla triplemente coronada de la Catedral, y las torres del Alcázar. Y los torreones y el homenaje de San Servando. Y las torres de sus quince parroquias.

Porque Toledo, cuando fue ganada por el rey don Alfonso VI, recibió del Papa la creación de quince parroquias, a saber: San Salvador, San Isidoro, San Nicolás, San Bartolomé, Santiago, San Román, San Justo y Pastor y Santa Leocadia, San Pedro, San Andrés, San Martín, San Lorenzo, San Miguel , San Vicente, y Santa María Magdalena. Ah, y se me olvidaba la principal, Santa María la Mayor que es la Catedral. Con esa son dieciséis. Dieciséis torres que se alzan al viento pregonando la fe, y que lanzan a todos los vientos el sonido de sus campanas.

Así que Juan Guas no le puso torre de campanas y cigüeñas a San Juan de los Reyes. Pero sí dentro le puso toda la grandeza de la España. Toda la capilla mayor de San Juan de los Reyes es una apoteosis con los escudos monumentales sostenidos por las águilas de San Juan, alternando con figuras de Santos, cuyas esculturas y escudos labra el escultor Egas Cueman hermano de Hanequin. La riqueza de la capilla mayor, su impresionante crucero, su cúpula, se hermanan con la belleza del claustro. Por de fuera solamente había los adornos flamígeros, y el remate de hojas, propio de la firma de Juan Guas. Por dentro todo está pensado con el propósito de la grandeza y a la vez la severidad pues no en vano este templo ha de ser un Panteón Real.

Cinco años de labor,  Juan Guas ve en este tiempo crecer a su prole. Se había casado con María Alvarez, y ya sus hijas son dos lindas muchachas, casaderas. Y que se casarán muy pronto. La obra de San Juan de los Reyes prosigue a buen ritmo. No falta en medio del gótico la pincelada de lo mudéjar, como debe ser en toda obra toledana.

En 1480 puede considerarse terminado el grandioso edificio. Juan Guas se toma un pequeño refrigerio, como un bocadillo, o mejor dicho un pastelillo, para recreo de su espíritu, tras la pesada carga de la construcción del Panteón Real. Ese recreo sería construir la escalera para comunicar el claustro bajo con el claustro alto, de la Catedral. La escalera de Tenorio. ¿De Tenorio? Perdónalos Señor porque no saben lo que se dicen. La escalera que hizo Juan Guas no tiene nada que ver con el arzobispo Tenorio, pues su construcción fue durante el pontificado del cardenal Cisneros. Ahí está el escudo de Cisneros con su lindo ajedrezado de quince jaqueles, los ocho de oro y los siete de gules. Así que la escalera de Cisneros.

Y ya está terminado San Juan de los Reyes. Doña Isabel se marcha al sur, con ánimo de reconquistar Granada. Granada y sus anejos, Málaga, Almería. Doña Isabel pone sus reales en Sevilla, en el Alcázar de Sevilla. Ahí en el Patio de Banderas se formarán con sus banderas, la bandera de la hueste Real, y las banderas de las milicias concejiles, y las del primer Tercio, para empezar la campaña.

A doña Isabel le gustaba mucho Sevilla, su Alcázar, sus jardines, y además en Sevilla había parido a su hijo varón el príncipe don Juan de las Españas. Cuando pasado el tiempo de sobreparto hubo que bautizarlo, ella misma acompañó al niño a la Catedral para el bautizo. Estaba entonces en obras la torre de la Giralda, y de ella sobresalía una viga larga de madera, que servía para sustentar una carrucha mediante la que se subían los materiales. De repente, la multitud que llenaba los alrededores de la Catedral para presenciar el cortejo lanzó un grito de espanto.

Sobre aquella viga se movía haciendo increíble equilibrio una figura de un hombrecillo, que saltaba a la pata coja y que jugaba con tres naranjas tirándolas al aire y recogiéndolas. El público esperaba que, de un momento a otro, caería y se mataría contra el pavimento de la plaza. Pero no. El hombrecillo al llegar al extremo de la viga hizo un gesto de saludo y regresó hasta la torre. Doña Isabel ordenó a su capitán de la guardia ¡Traedme enseguida a aquél hombre!

Pero no era un hombre, era un niño, o casi un niño. Tenía quince años y se llamaba Alonso de Ojeda.

-¿Por qué has hecho ese disparate? preguntó la Reina.

-Señora, para demostrar que soy un valiente. ¿No lo soy?

-Sí hijo eres un valiente, pero también un loco.

-Pues si reconocéis que soy valiente y loco, Alteza, dadme oportunidad de serviros.

Y arrodillándose añadió: Dadme una banda

Alonso de Ojeda participó en la guerra de Granada, y luego en la conquista de América y llegó a ser uno de los principales capitanes generales del Nuevo Mundo.

Doña Isabel tenía muy buenos recursos de Sevilla. Y su esposo don Fernando, disfrutando del frescor de los jardines, entre fuentes y surtidores que aliviaban los rigores del verano, exclamaba:

_Lo mejor para invernar es Burgos, y lo mejor para veranear Sevilla.

Desde Sevilla partió la hueste y conquistó Alora. Y por la costa se tomó Marbella. En Marbella había cientos de cristianos cautivos en las mazmorras, y la Reina ordenó que sus cadenas y grilletes fueran llevados a Toledo y colgados como ofrenda en los muros exteriores de San Juan de los Reyes. donde los hemos conocido.

Juan Guas se queda por entonces en Toledo y el segundo Duque del Infantado, nieto del Marqués de Santillana de las serranillas, le confía la construcción de su palacio en Guadalajara. El Palacio del Infantado en Guadalajara es obra de madurez de Juan Guas, que acaba de cumplir cincuenta años. Edificio gótico, pero toledano, con una galería corrida sobre la fachada con adorno de mozárabes. Ya está ahí la mudejaría. Y ventanas góticas muy palacianas, pero con garitones salientes. Y adorno de puntas de diamante, característico de las obras de Juan Guas. La portada del Palacio del Infantado es descentrada y con columnas. El escudo de la casa ducal está sostenido por dos figuras de salvajes. ¿Salvajes? ¿Dónde hemos visto salvajes? Ah, sí en Avila, en la plaza junto a la puerta de la Catedral, en una casa señorial que flanquean dos salvajes de piedra con sus mazas.

Y poco después Juan Guas es requerido por la Reina que vaya a Córdoba y a Sevilla. Maestro Mayor de la Reina. Arquitecto Mayor de Castilla. Y como Castilla se va alargando hacia Andalucía, las obras de Juan Guas no podían faltar allá abajo. En Jaén construye el palacio del Marqués de Jabalquinto en la localidad de Baeza. Todavía Baeza tiene murallas, una soberbia fortaleza, y una Iglesia de Santa Cruz, de estilo románico tardío. Juan Guas va a llevar allí las luces del gótico final y los primeros albores del Renacimiento. Su firma está en la fachada decorada, también, con puntas de diamante. Y ventanales góticos tan isabelinos que la propia doña Isabel se gozaría en asomarse a ellos.

Desde Baeza baja nuestro Juan Guas hasta la orilla del Atlántico. Sanlúcar de Barrameda huele a jazmines y a naranjos. Sanlúcar de Barrameda asoma el río Guadalquivir al Océano como oteando el horizonte en busca de las Américas. Pero todavía no ha llegado la hora del Descubrimiento aunque ya falla poco. En Sanlúcar de Barrameda tiene su palacio el Duque de Medina Sidonia. Es un hombre recio y, un gran guerrero y, cabeza de toda la nobleza castellana. Su palacio en Sanlúcar de Barrameda está en un alto, en el barrio alto. Es una antigua fortaleza árabe, que antes fue visigoda y antes un castro romano. El Duque de Medina Sidonia tiene allí sus cañones para defender la boca del Guadalquivir. Pero aquel castillo no tiene la grandeza arquitectónica que corresponde al magnate más noble de España. Así que le encarga a Juan Guas que le construya una entrada soberbia para el castillo-palacio.

Y Juan Guas en la cuesta que sube desde el barrio de la mar al barrio alto pone un muro con varias puertas soberbiamente decoradas con enormes serpientes aladas, en medio de grotescos góticos alucinantes. Lástima que allí no hay piedra de granito sino piedra de ostiones, caliza de la mar, que el tiempo irá lamentablemente desgastando. Pero todavía hoy se puede ver algo de su pasada grandeza.

Y todavía no se cansa la mano de Juan Guas de diseñar maravillas. Le llaman de Valladolid para que participe en la construcción del Colegio de San Gregorio. de los frailes dominicos. No sabemos si se le debe la traza del edificio, pero posiblemente la fachada sea suya, por la disposición del escudo de los Reyes Católicos sostenido por el águila de San Juan, pero mantenido a los lados por dos leones rampantes. Y en las calles laterales de lo que asemeja en la fachada un retablo, dos maceros con sus mazas. Y todo recamado de una exuberante decoración vegetal entre la que aparecen figurillas de niños desnudos, como una anticipación del barroco. Sí es suya plenamente la capilla. Capilla de suprema belleza.

Granada ya ha sido conquistada. Abajemos a Granada, que se sueña que es tomada, dice el cantar villancillesco. Juan Guas lo ha hecho ya todo. Desde el 1492 en que se conquistó Granada y se descubrió el Nuevo Mundo, ha estado haciendo últimos trabajos y terminando los que tenía que dejar a medio hacer. Y ahora ya en el 1495 deja sobre la mesa el lápiz, el compás, la regla, y dice ¡Basta! Ha cumplido su misión en la vida, ha hecho arte, ha enaltecido a su oficio, a cumplido con amor su deuda con Toledo y con su reina Isabel. Ha criado una familia, ha casado a sus hijas con notables arquitectos. Ya es hora de descansar.

Y descansó en el Señor. Murió si haber hecho nada para sí mismo. Ni siquiera siendo tan gran arquitecto hizo una capilla para enterrarse. Eso está escrito en piedra. Le enterraron en su parroquia en la del barrio donde él había vivido y donde tuvo su casa familiar. Pero la capilla no la hizo él porque se dió a todos menos a sí mismo.

La piedra lo dice todo:

ESTA CAPILLA MANDO FACER EL HONRADO

JUAN GUAS MAESTRO MAIOR DE LA SANTA

IGLESIA DE TOLEDO. MAESTRO MAIOR DE LAS OBRAS

DEL REY DON FERNANDO E DE LA REINA DONA YSAREL

EL QUAL FIZO A SANT JUAN DE LOS REYES.

ESTA CAPILLA FIZO MARIA ALBARES SU MUGER

ACABOSE AÑO DE MCCCCCVII.

Así que él no fizo la capilla sino que la mandó facer. Y la hizo su muger, costeándola por su manda testamentaria, pero la diseñaron y la construyeron sus yernos arquitectos. Ahí está él enterrado. Murió en 1496. Un año antes de que muriera el príncipe don Juan. Mejor, pues así no tuvo el disgusto de ver que lo que había construido él para Panteón Real no servía para aquel fin. El Príncipe fue enterrado en Avila en el Monasterio de Santo Tomás. Y los Reyes Católicos se hicieron enterrar en Granada. San Juan de los Reyes quedó como un relicario vacío.

Juan Guas está retratado con su mujer en una pintura al fresco en el muro de la capilla familiar en la iglesia de San Justo. Tiene Juan Guas aspecto de hombre recio, trabajador, cabeza noble, de facciones bien talladas, boca grande, y expresión bondadosa y humilde. Humilde como corresponde a todo gran hombre, que por ser grande sabe que no existe en realidad ninguna grandeza más que la de Dios.

Ahí está en el muro mirándonos, como disculpándose de haber sido tan grande, tan humilde, tan trabajador, tan leal. Casi disculpándose de haber vivido y haber muerto; ese es el verdadero gesto. Juan Guas se disculpa de haber muerto. Porque ¿quién se puede morir sin remordimientos, dejando ahí con sus torres, sus cielos, sus callejas, la gloria de Toledo que merecía vivirse eternamente?

© Jose María de Mena 1996

@ David de Mena 2018

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