Muebles y utensilios domésticos (y III)

En la decoración de la casa se apreciaba también la influencia de lo religioso. En los dormitorios de los niños solía haber un cuadro del Angel de la Guarda sobre la cabecera de la cama, y en el dormitorio de los padres un crucifijo o un cuadro de la Virgen. Además en todo dormitorio había una pilita de agua bendita, agua que se traía de la parroquia el día de la bendición de las pilas, o sea el Sábado de Gloria, y se renovaba de vez en cuando recogiendo en la misma parroquia una pequeña botella de agua bendita.

En el salón o en el comedor, en un rincón solía haber un altarcito o repisa con una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, devoción introducida por los jesuitas. Cuando se compraba una casa nueva, o cuando una joven pareja constituía su hogar, era costumbre “entronizar” el Sagrado Corazon de Jesus, ceremonia que consistía en la bendición de esta imagen en su altarcito o repisa, para que se invitaba a un sacerdote que oficiaba la bendición.

También había “capillitas” portátiles, con una imagen de un santo o de una Virgen. Lo más frecuente era la Virgen del Rosario, la Virgen de la Medalla Milagrosa, la Virgen del Carmen, San Francisco de Asís y San Antonio de Padua. Esta capilla portátil, de unos cuarenta centímetros de altura, se tenía en la casa uno o dos días. Había una mujer, generalmente una anciana, que se ganaba la vida con el pequeño dinero que le daban las devotas por el alquiler de la capillita, a tanto por día. O bien una señora lo hacía por simple devoción, encargándose de su traslado, y el dinero que le daban lo entregaba como limosna en una iglesia o convento. Durante los dos o tres días que la capilla estaba en la casa, se, colocaba sobre la cómoda, se le ponían delante flores o velas, y se rezaba diariarnente un rosario o el ejercicio del mes de María, en Mayo, o el Mes de las Animas, en Noviembre.

Un curioso elemento decorativo, macabro por cierto, que había en muchas casas era feto en alcohol! (que con buen humor llamaban algunos «niños en aguardiente»). El motivo de este fúnebre ornato era el siguiente: Según la legislación el feto procedente de un aborto, aunque sea en los primeros meses, tiene la misma consideración que una persona a los efectos de su enterramiento. Los abortos eran frecuentes, no intencionados sino por las malas condiciones de higiene y por la ignorancia de la gente. Como los gastos de entierro eran cuantiosos y la mayoría de las personas no disponían de dinero para costear un entierro, lo que hacían era guardar el feto en alcohol o aguardiente, esperando que alguien se muriera en la vecindad. y entonces aprovechando el entierro de cualquier vecino metían el fraseo con el feto en el ataúd y así enterrándolos juntos el adulto muerto y el feto, se ahorraban el dinero de un entierro infantil. Lo curioso del caso es que durante el tiempo que el feto en alcohol permanecía en la casa, solían tenerlo encima de la cómoda como si se tratase de una figurita de adorno.

Entre los utensilios domésticos había algunos muy curiosos, tales como las «manitas para rascarse» que eran una minúscula mano de madera de ébano o de sándalo, con una larga varilla, que utilizaban las señoras para metérselas por el cuello hacia la espalda y poder rascarse por debajo del corsé.

Existían unos de cobre, redondos parecidos a una cacerola con su tapadera, y con un mango de madera. En estos cacharros se metían ascuas de carbón, se cerraba, y se introducían bajo las sábanas para calentar la antes de acostarse en invierno. También había otros en forma de de cobre, que se llenaban con agua caliente, antes de popularizarse las bolsas de agua.
En los veinte y treinta aún no se habían inventado los termos para comida sino el “portaviandas» Este utensilio consistía en cuatro cacerolas una encima de otra de tal modo que cada una servía de tapadera a la que estaba debajo, y solamente la de arriba llevaba tapadera. La de abajo del todo tenía agujeros a los lados y se llenaba de carbones encendidos. Con este artilugio podía llevarse comida a gran distancia, sin que se enfriase. La cacerola de abajo se destinaba a la sopa, la de encima al primer plato y la superior al segundo. El conjunto de los cuatro recipientes se transportaba mediante un fleje de metal que pasaba por las asas de todos ellos, y estaba provisto de un asa como la de una maleta.

Como no existían los frigoríficos se refrescaba el agua en botijos o búcaros, o en tallas, (que eran recipientes a manera de pequeñas ánforas de barro pero con la boca cuadraba formando picos). La talla era un recipiente tan útil y al mismo tiempo tan airoso que se hablaba de ella con mimo.
Utensilios hoy desconocidos eran los abrochadores para el calzado. Las mujeres usaban botas con botones y para abrochar estos botones se usaba un gancho niquelado que se llamaba abrochador. También se utilizaba, —y hoy casi ha desaparecido— el calzador, una especie de cuchara alargada que se introducía en el zapato por la parte del talón, y ayudaba a que el pie se deslizase dentro del calzado, y después se retiraba el utensilio. Esto era necesario porque generalmente todas las personas usaban zapatos que les estaban pequeños, porque era moda elegante y para meter el pie dentro de un zapato pequeño era necesario valerse de ese truco.

Un mueble, o utensilio doméstico del que no se ha hablado mucho que yo sepa, es el ascensor. En Sevilla había ascensores mucho antes de inventarse la electricidad, y durante el siglo XIX fueron muchas las casas señoriales que los tuvieron, así como algunos almacenes, para la elevación de mercancías a los pisos altos.
Estos ascensores funcionaban con agua. El mecanismo era el siguiente: La caja del ascensor, para personas o mercancías, suspendida por un cable que pasaba por una polea, y en lugar del contrapeso de hierro que llevan los ascensores modernos eléctricos, llevaba como contrapeso un recipiente o depósito con agua. Para bajar el ascensor, se le aligeraba el peso de agua sacando una parte de ella por un grifo, y al llegar al punto crítico en que las personas o mercancías pesaban más que el contrapeso, bajaban las personas y subía el depósito. En cambio para subir las personas, el depósito era rellenado arriba echándole agua por arriba hasta que el peso del agua superase al de las personas o mercancías, y entonces bajaba el contrapeso y subía la caja del ascensor.

Esto aunque parezca rudimentario daba buen resultado, y no gastaba mucha agua pues solamente se le añadía, o se le sacaba la cantidad necesaria para equilibrar, conservando siempre una cantidad estable aproximada al peso que habitualmente se cargaba.

La compañía de aguas Easton and Anderson se anunciaba en periódicos y revistas indicando que suministraba agua «para el consumo doméstico y para ascensores». Así puede verse en la Guía de Sevilla, de 1.893 editada por Zarzuela, página 47 de la sección de anuncios.

Otro mueble y a la vez utensilio doméstico era la máquina de coser introducida a fines del siglo XIX, y cuyo principal distribuidor en Sevilla era el almacén de la Casa SINGER, en calle O’Donnell número 5, seguido por el almacén de Antonio Llayna, en calle Cuna número 35, quien vendía la marca de máquinas de coser PFAFF de Lanzadera oscilante. Un anuncio distribuido por Sevilla en los años 1.900 a 1.910 decía «iiYA NO SE COSE A MANO!! La Compañía fabril SINGER ha resuelto el problema dando todos los modelos de sus legítimas máquinas de coser A DIEZ REALES SEMANALES, SIN ENTRADA». El precio de una máquina modelo de familia, para mesa era de 510 reales, precio total. La máquina con pie de hierro y tapa de madera de nogal, valía 630 reales. Y un detalle curioso delicadamente sugestivo: el tablero y la tapa podían elegirse con primorosa decoración incrustada de nácar, por 70 reales más.
En los años veinte, la Casa SINGER se trasladó a Las Lumbreras, y el precio semanal de la máquina comprada a plazos subió a CINCO pesetas semanales. A este precio la compró, allá por los años 1.929 0 30 mi tía Isabel, que vivía en la calle Marqués de la Mina número 5, al lado del célebre abogado Moreno Sevillano.

MATERIALES QUE SE USABAN
Terminaremos este capítulo recordando algunos materiales que se usaban habitualmente. Tal vez en estos años de hoy 1.982 en que los productos vienen envasados en plástico, en que las bolsas de papel han sido sustituidas por polivilino, y en que la calefacción se hace por electricidad, e incluso por electricidad obtenida de la luz solar nuestros lectores se quedarán asombrados al saber que hasta el año 1.950, se utilizaron muchos materiales que no habían cambiado desde la prehistoria, como estos que enumeramos a continuación:
CALABAZA.—Una calabaza seca servía en excursiones o cacerías para llevar agua o vino, porque no se podía romper como le ocurría a la botella de cristal.
TEA.—Una astilla de madera de pino, servía para prender el carbón al encender el fogón de la cocina diariamente. CARBON.—Se guisaba con carbón de encina.
PICON.—EI picón era un carbón hecho de varetas y ramas finas, principalmente de olivo. También se podía utilizar para calefacción, alternando con el picón, el orujo de huesos de aceituna molidos.
ESPARTO.—Las cuerdas y sogas no eran de material plástico, sino de esparto o de cáñamo. Además el esparto servía para hacer suelas alpargatas, y abarcas, que por esto se llamaban «esparteñas

ESPONJA.—La esponja para lavarse el cuerpo, o para limpiar objetos delicados, era auténtica esponja de mar, o sea un animal espongiario.
CUERO.—EI cuero tenía infinidad de aplicaciones, en vestido, calzado, tapizado, etc. que hoy han sido sustituidas por el Skay y otros materiales sintéticos.
MIMBRE Y JUNCO.—Muchos objetos eran de junco, o mimbre, o de caña: cestos para la ropa sucia, canastos para ir de compra, andadores para enseñar a andar a los niños, mecedoras y butacas, canastas para hacer la colada, costureros, angarillas para los transportes a lomos de mulos, y canastos planos para los vendedores de mariscos.
BARRO COCIDO.—Se utilizaban para guisar infinidad de pucheros de barro cocido; orzas para aliñar las aceitunas; lebrillos para fregar los platos; lebrillos grandes que servían como las actuales bañeras»
ENCERADO.—EI lienzo blanco encerado servía en muchos casos para las ventanas en sustitución de cristal esmerilado.
HULE.—Era un lienzo pintado con pintura de óleo, relativamente impermeable y servía para capas impermeables para la lluvia, y para cubrir la mesa, como mantel impermeable.

© 1982 Jose María de Mena

© 2018 David de Mena

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