LAS FUENTES DE SEVILLA
La Historia de Sevilla a lo largo de los siglos va íntimamente enlazada a la historia de sus fuentes, de tal modo que podríamos escribir la crónica entera de la Ciudad, con su aditamento de sociología y de estética, con sólo enumerar, y situar sobre el plano, y sobre la cronología, cuantas pilas, pilares y piletas han existido y existen en sus calles, plazas y edificios.
De los primeros tiempos de Sevilla, cuando era capital de la Bética romana y se llamaba Hispalis, sabemos que sus casas tuvieron fuentes y surtidores, como puede evidenciarse en algunos mosaicos romanos encontrados en el subsuelo, correspondientes a lo que se llamaban ”piscinas” lo que literalmente significa tanto como ”pecera” o pileta en la que se echaban peces de colores para recreo de la vista. Estas ”piscinas”, estaban en el patio de la casa.
Sevilla tenía abundancia de agua, porque los romanos, que por encima de todo eran ingenieros, habían construido el acueducto de los Caños de Carmona, que después restaurarían los almohades, y que ha existido hasta comienzos del siglo XIX.
También en la época musulmana hubo gran culto a las fuentes. Almorávides y almohades eran, -no lo olvidemos- marroquíes, argelinos y mauritanos, gente del borde del desierto del Sahara, que vienen de un país sediento, y que se entregan con fruición al gozo del agua abundante. Así nos lo demuestran las numerosas canalizaciones y vestigios de estanques y fuentes, que la culta azada ha puesto al descubierto en las ruinas de los palacios de la Bohaira, junto a la Avenida de Eduardo Dato, en el predio de Portaceli.
En el Patio de los Naranjos de la Catedral existe, sin embargo, una pila más antigua que las de la Bohaira, y casi contemporánea de los mosaicos de fuentes romanas. La historia de la fuente del Patio de los Naranjos es curiosa. Al principio, allá por los años 1100 hubo una pila de las abluciones, que es citada por varios historiadores. Tras la reconquista y cuando por su estado ruinoso hubo que derribar la Mezquita Mayor, y construir la actual Catedral, la pila fue sustituída por una artística fuente de mármol en la que se puso una inscripción en elegante verso latino, que decía así:
Regia post mauros devictos celsas majestas Hec mihi collapso númera fecit atque.
Esta pila con tales versos debió inaugurarse en el siglo XV y duró un par de siglos, hasta que fue sustituída por la actual. Sin embargo, -y por ello decimos que la actual es más antigua que los moros y casi contemporánea de los romanos- se puso sobre la artesa o pilón propiamente dicho, una pila visigótica, que algunos creen fue la pila de la basílica que hubo en este lugar en la época de los godos, y en la que se bautizó, siendo ya adulto y virrey de la Bética, el príncipe San Hermenegildo, quien abandonó así la secta arriana para convertirse mediante el bautismo en católico, lo que desencadenó la guerra entre él y su padre Leovigildo.
Cuando el rey Don Pedro, en el siglo XIV construyó el Alcázar de Sevilla, que es legítimamente orgullo de nuestra Ciudad, y que sin duda constituye el más excelso ejemplar de arquitectura mudéjar, tuvo especial cuidado en poner al lado del palacio unos jardines, que después se han ido perfeccionando en las épocas de los Reyes Católicos, de Carlos I, y en los sucesivos reinados, hasta nuestros días.
En los jardines del Alcázar hay espléndidas fuentes que con su refrescante murmullo suavizan el ambiente en las ardientes siestas del estío sevillano.
La más importante de las fuentes de los jardines del Alcázar es la del estanque, con una figura del dios mitológico Mercurio, labrada por Diego Pesquera, fundida por Bartolomé Morel, hacia 1510. La Alberca, el surtidor del pabellón de Carlos V, y los juegos de agua del laberinto y las grutas, son otras deliciosas muestras de ese amor a las fuentes, que podemos ver en el Alcázar, y cuyo caudal se nutría de los Caños de Carmona, que desde la puerta de la Carne entraban por lo alto del muro del Callejón del Agua hasta el ”arca“ o partidor del Alcázar, donde se distribuía por diversas conducciones a las dependencias del Alcázar, y a barrios, conventos y palacios de la ciudad.
En un interesantísimo discurso, pronunciado en la Regia Societas Hispalense a mediados del siglo XVIII por el vicepresidente de la misma el Dr. Don Francisco de Buendía y Ponze, Médico de Cámara del Rey , se hace una interesante descripción de los manantiales de donde procedían las aguas que consumía Sevilla, que por aquel entonces eran dos: El manantial o torno de Santa Lucia, hacia el término de Carmona pero en el de de Guadaira, desde donde venía a Sevilla por los Caños de Carmona, y la Fuente del Arzobispo, que desde la Laguna y Arroyo de Repudio, que bajaba por lo que hoy es la Avenida de Miraflores, hasta la Puerta de Córdoba. Ambas conduciones de agua servían para abastecer, la de Carmona al Sur de la Ciudad, y la del Arzobispo al Norte, la cual fue puesta en uso gracias a la «industria» o tecnología, que diríamos hoy, del Maestro Mayor de la Ciudad Juan de Oviedo, para traer agua con que alimentar las tres fuentes que se pusieron en la Alameda, al crearse este Paseo por iniciativa y orden del Asistente de Ciudad Don Francisco de Zapata y Cisneros, Conde de Barajas, por los años 1560.
Las tres fuentes con que se decoró dicho Paseo fueron: La Fuente de Baco, que sobre tres altas pilas de piedra tenía una estatua del dios Baco; esta, al igual que el Mercurio de los jardines del Alcázar fue obra de Diego Pesquera y Felipe Bartolomé Morel. La otra era «Neptuno y las Ninfas» obra de Bautista Vázquez. La última de las tres, al extremo final de la Alameda era la célebre «Pila del Pato» que sobre una hermosa pila de piedra mantiene una figura de un pato de bronce, que aunque no hemos podido encontrar datos ni en Morgado, coetáneo de la creación de la Alameda, ni en historiadores posteriores, como Montoto, y críticos de arte como Alejandro Guichot o Gestoso, no citan el autor de la figura del Pato de dicha fuente, lo creemos obra del mismo Diego Pesquera.
La fuente de la Pila del Pato después de haber estado tres siglos y medio en el final de la Alameda se trasladó al Prado, ante la Estación de Autobuses, y ahora ha encontrado un más digno entorno al ser trasladada a la Plaza de San Leandro.
De la misma época de esplendor y riqueza de Sevilla es la fuente que hay en la Plaza de San Francisco, con hermosísima pila sobre la que surge la estatua del dios Mercurio, obra de Juan de Bolonia. Es lógico que en la plaza más representativa de la Ciudad, se tributara homenaje a Mercurio, que simboliza el Comercio, puesto que Sevilla en aquellos años del siglo XVI, fue la capital mercantil y marítima del mayor imperio que haya existido en el mundo, pues aquí se recibían de un lado el oro, la plata, las perlas, las esmeraldas, el añil, el palo de campeche, las maderas nobles, y cuanto producía el Nuevo Mundo; de otro lado las sedas, el jade, y los diamantes de nuestras provincias de la India, la China, las Filipinas, las Molucas, y demás posesiones asiáticas de una España que estaba unida a Portugal. Pero además venían a Sevilla los productos de las provincias españolas de Flandes, Paises Bajos, el Artois, el Rosellón, el Franco condado, Nápoles y las dos Sicilias. Así, aquí se concentraba el comercio del mundo, como hoy ocurre en Nueva York. Por ello Mercurio está de pie sobre el globo terráqueo.
La fuente de la Plaza de San Francisco no solamente recreaba los sentidos de la vista con su belleza, y del oído con la música de su chorro de agua, sino que también en ocasiones recreó otro sentido de los sevillanos; nos referimos a cómo, en el año 1746, con ocasión de la coronación del rey Fernando VI, el Ayuntamiento hizo correr por esta fuente dos caños de vino, el uno tinto y el otro blanco, para deleite del paladar del pueblo, que pudo satisfacer así su sed gratuitamente durante los tres días que duraron los festejos.
La fuente de la Plaza de San Francisco estuvo allí desde mediados del XVI hasta el segundo tercio del XIX en que se trasladó al Paseo de las Delicias, en el lugar llamado «Las Delicias Viejas» , que había construído el Asistente Arjona y donde estuvo instalada la primera máquina de vapor para extraer agua del río, destinada a abastecer a esta fuente, y para el riego de los jardines. Pudorosamente, para no escandalizar la vista con algo tan moderno y antiestético como una máquina de vapor, los munícipes de entonces la encerraron en un artístico kiosco ide estilo gótico! , en hierro forjado. Ahora, en los años de 1980 ha sido repuesta la fuente en la Plaza de San Francisco, aunque no en el centro, sino, quizás por el simbolismo de Mercurio, delante del Banco de España.
Por los documentos del Archivo Municipal sabemos que en siglo XVI hubo una fuente de gran estanque en la Puerta de Carmona, frente a la muralla, en el arrecife o paseo de ronda exterior de la ciudad. Otra pila en la Plaza del Salvador, y otra delante de la Carnicería Mayor, en la plazuela de Alfalfa. De la misma época fue la famosa Pila del Tesorero, situada en la esquina de la calle Relator con la calle Feria. Y muy próxima a ella había otra fuente, en la Plaza de la Feria, adosada al muro de la parroquia de Omniun Sanctorum.
Dos fuentes hubo que participaban de lo artístico y de lo utilitario, que estaban en el barrio de San Bernardo y en Santa Lucía, delante de las respectivas parroquias. Eran fuentes de noble traza, en piedra, pero que a la vez tenían sus caños para que la gente de la vecindad pudiera coger agua en sus cántaros.
Otra de estas estuvo situada en la plaza de San Bartolomé. La enumeración que nos da en 1583 el historiador Morgado, de fuentes públicas, es muy incompleta, ya que a él no le interesaba el tema, sino que lo toca de pasada, pues su libro está dedicado principalmente a hablarnos de los conventos y templos. De todos modos nos da dos noticias que no encontramos en otros autos: “otra (fuente) en la collación de San Vizente, también cerca de su yglesia, y otra pegada en el muro que va por junto a Nuestra Señora del alle, Monasterio de frailes franciscanos, en la ollación de San Román
Muy famosa fue la Pila dc Hierro, que dió motivo a graves incidentes en la Ciudad. La Pila de Hierro estaba situada en la plazuela o ensanche que había delante de las Gradas de la Catedral, en lo que hoy es la Avenida de la Constitución. Cierto día, allá por el siglo XVII vino a Sevilla un Infante, hijo del Rey de Marruecos, que se dirigía a Madrid para cumplimentar una embajada de su padre. El infante en uno de sus paseos por Sevilla, a caballo, como era sólito en aquella época, viendo que la cabalgadura manifestaba sed, le dió de beber en la Pila de Hierro. Pero resulta que había una tradición, según la cual si otra vez bebía un caballo de los moros en ella, se perdería nuevamente la Ciudad. La creencia fanática en aquella profecía, y el hecho de haberse cumplido, al beber el caballo del infante moro, dió motivo a tales preocupaciones en Sevilla, y a tales protestas del vecindario contra el Ayuntamiento, que probablemente debió quitarse la tal Pila de Hierro, pues no hemos encontrado otras referencias de ella posteriores a tal suceso.
Del siglo XVII hay una piletilla que es mucha lástima que los señores encargados del Hospital de la Santa Caridad, no la cuiden con mayor esmero. En los finales del dicho siglo XVII, según cuenta la tradición, el caballero don Miguel de Mañara y Vicentelo de Leca, yendo una tarde al hospital que él había fundado, vió un pobre perro que se moría de sed, por no encontrar donde beber, en aquella terrible calina de la siesta sevillana. Apiadado don Miguel hizo que se construyera una piletilla al lado de la puerta del hospital donde pudieran beber los perros vagabundos, y las aves, que muchas veces caen muertas de sed en los ardientes días de verano. Esa piletilla, a la puerta del Hospital, hoy es apenas un recipiente de cemento, sin arte ni personalidad, que muy bien podría tener, además de su utilidad, hoy tanta como ayer, pues Sevilla tiene muchos cientos de perros vagabundos, y una utilidad estética, si se intenta darle este carácter.
Hubo fuentes artísticas o al menos de piletas de mármol decorosas, en muchos edificios sevillanos. Citaremos solamente las que existen en el interior del Real Monasterio de Santa Paula, el Hospital del Pozo Santo, el antiguo convento de la Merced hoy Museo de Bellas Artes; y también algunas que estuvieron a mitad de camino entre lo público y lo privado, como la magnífica fuente que estaba en el centro del patio del Corral del Conde, y en edificios privados «La Casa de los Artistas», antiguo palacio de los Caballeros Levantos, y de los Marqueses de Torrenueva.
El siglo XVIII sembró Sevilla de hermosas fuentes públicas, que podemos rastrear en los papeles del archivo Municipal, en las colecciones del Conde del Aguila, y del Conde de la Mejorada. Entre ellas encontramos una fuente monumental en la Puerta Real, y la de la Plaza de la Magdalena, la del Pumarejo, la de San Julián, y la de San Vicente.
La fuente de la Plaza de la Magdalena, nos plantea un enigma para su identificación. Aunque en su pedestal figura grabada la fecha de 1844 con el escudo de armas menores del Ayuntamiento, no es una fuente del siglo XIX y claramente se nota diferencia incluso en la calidad de la piedra, y sobre todo en el estilo, entre el pedestal, el tallo de la copa, la copa, y la estatua que la remata. La copa exhornada con carátulas, y el tallo con un friso de sátiros, parece obra renacentista, quizá de algún artista italiano, y no sería demasiado aventurado suponer que esa fuente con otro pedestal, estuviera emplazada en alguna otra plaza pública en el siglo XVI y XVII. Al derribarse la iglesia de la Magdalena para en su solar abrir esta plaza, se traería la fuente, y se le pondría el pedestal, y la estatua que tiene un claro simbolismo muy acorde con las ideas progresistas del siglo XIX.
Esta era la opinión de Santiago Montoto, que compartimos. Añadiremos por nuestra parte que esta fuente pudo estar en el interior de alguno de los conventos derribados o destinados a otros fines como consecuencia de la desamortización, quizá en la Cartuja o en San Gerónimo o San Agustín como fuente central de algún patio claustral.
Otra fuente interesante de las que decoran Sevilla es la de la Plaza de la Encarnación, delante de la bocacalle de Puente y Pellón, y que es del siglo XVIII. De la misma época serían algunas otras, hoy desaparecidas. Ya el siglo XIX y la primera mitad del XX nos van a ofrecer un extenso repertorio de fuentes, muchas de ellas vinculadas a la renovación de Sevilla con motivo de la Exposición Iberoamericana.
En esta época de 1912 a 1929 floreció la cerámica, que llena de fuentes de azulejos a Sevilla. (Y de paso a otras ciudades. Recordemos por ejemplo el maravilloso “patio” sevillano que el primer Marqués de Luca de Tena puso en Madrid en el piso principal del edificio de «Prensa Española» en la calle Serrano).
La cerámica trianera con sus revestimientos de azulejos, y sus ranas que echan agua a chorro por la boca, aparece en el parque de María Luisa, donde tenemos el Estanque de las Ranas, el de los Lotos, el de los Nenúfares y otros. Pero también la Exposición nos legó fuentes como la de la Plaza de España, grandísima, de piedra, y dotada de un mecanismo que permite realizar cambios de luces y juegos de agua, que casi llega (honradamente diremos «casi») a la fuente que el ingeniero Carlos Boigas hizo para la Exposición de Barcelona en 1929, en Montjuich. Otras fuentes del Parque de María Luisa relacionadas con la Exposición Iberoamericana, las unas en estanques y las otras en surtidores las podemos ver en la Plaza de América, en la Plaza de los Conquistadores, y en otras muchas glorietas.
Pero volvamos al casco urbano. De siglos atras habían existido a su borde, en el extremo de Oriente, la fuente del Pilar de la Calzada, donde bebían los mulos de los arrieros, que ha existido hasta 1958, y la fuente de la Plaza de San Agustín, ante el que fue convento de los agustinos, hoy almacén de hierros de Fernández Palacios. En los primeros años de este siglo también se hicieron otras fuentes decorativas como la de los Jardines de Catalina de Ribera, adosada al muro del Alcázar, con retrato de la ilustre dama fundadora del Hospital de las Cinco Llagas, y la fuente de la Plaza de Doña Elvira. Y posteriormente la fuente monumental de la Pasarela (Plaza de don Juan de Austria) la de la Avenida de Cádiz, la de la desembocadura de la calle Almirante Lobo frente a la Torre del Oro, y la del monumento a Juan Sebastián Elcano, en la Glorieta de Marineros Voluntarios, ya en la década de los sesenta.
En las Delicias, una fuente con un niño desnudo que toca la caracola, tiene reminiscencias clásicas y más próximas, del Romanticismo. Igual fue la pequeña fuente de la Plaza del Cronista en la calle Divina Pastora, sencilla con una simple taza, pero llena de encanto. Como las fuentes que hay en los jardines de Murillo en la larga perspectiva de una de las calles.
También en los jardines de Murillo, junto a esas fuentes de taza de mármol, italianizante, encontramos otras fuentes, de pila a nivel bajo el suelo, con escalinatas, revestidas de azulejos trianeros.
Fuentes modernas tenemos en la Plaza de Cuba, en el Parque de los Príncipes, y en alguno de los barrios recién construídos desde 1960 a 1987.
Renglón aparte merece la fuente que existe en la Plaza de la Alianza. Cuando Joaquín Romero Murube consiguió que se derribase la casa que había junto a la Diputación, y abrir lo que hoy es la bellísima calle que lleva su nombre, (se llamó Alcazaba, pero a la muerte de Joaquín se le dedicó a él), aparecía la Plaza de la Alianza al fondo, desangelada y vacía. Joaquín me preguntó que se podría hacer para alegrar la Plaza de la Alianza, a lo que le respondí que poner una fuente era lo adecuado.
-¿Qué fuente?
-Una que hay en los Viveros Municipales, y que probablemente es la que estuvo en la Puerta Real hasta el siglo XIX.
Joaquín Romero Murube atendió mi sugerencia, pidió al alcalde que se emplazase allí la fuente, y esta se inauguró en la noche de un sábado antes del domingo de Pasión, como preludio a las fiestas primaverales. Alcalde, personalidades, y chorro de agua que se puso a correr a las diez de la noche.
A la mañana siguiente, no serían las ocho y media, cuando sonó mi teléfono despertándome:
-¿Eres José María de Mena? Te llamo para darte una noticia; tu fuente ya tiene leyenda.
-¿Cómo dices? Pero Joaquín, si se ha inaugurado hace apenas diez horas?
Verás: me he levantado temprano para asistir a misa de siete; cuando regresaba al Alcázar he querido dar una vuelta para ver la fuente, de día. Y al llegar a la Plaza de la Alianza he visto un coche de caballos con unos turistas madrugadores, y el cochero les estaba explicando a los turistas: «Y esta es la fuente donde bebían agua los caballos de don Pedro el Cruel».
De las fuentes puestas en este siglo, quizá las dos más hermosas y más importantes son la de la Puerta de Jerez, que representa la primavera en figura de mujer púdicamente desnuda, y contorneada de un circulo de angelotes, obra magnífica del escultor Delgado Brackembury. La estatua que representa a la Primavera, una bellísima joven, fue hecha tomando como modelo a la propia hija del escultor. Por el grupo de angelotes desnudos se ha llamado a esta fuente por el vulgo «la fuente de los meones «.
También es espléndida la fuente con farola monumental emplazada frente a la Puerta de los Palos de la Catedral, en la Plaza de la Virgen de los Reyes, obra insigne del escultor José Lafita Díaz.
Y terminaremos con la más moderna de todas, la fuente de estanque con chorros que desde los lados se dirigen al centro, inspirada en las fuentes musulmanas, y que canta día y noche en la Plaza de la Concordia, al lado del Parlamento de Andalucía.
