Gonzalo de Mena

El origen de la Calle Conde Negro

En los últimos tiempos del siglo XIV existían en los reinos de Castilla, Aragón, Navarra y Portugal, gran número de negros y mulatos, vestigios de los grupos invasores llegados con los almorávides y que tras la Reconquista del sur de España, habían venido a convertirse en esclavos. Unos de los nietos de los que encadenados rodearon la tienda de Miramamolín en la batalla de las Navas de Tolosa, descendientes de los que desde el Senegal, incorporados a las tropas de los Bani-Marín o Benimerines, habían ensangrentado las comarcas del Andalus occidental. Otros, que procedían de las familias negras traídas como sirvientes por los primitivos invasores árabes de las oleadas del 740 y del 711. Otros, en fin comprados por los grandes señores andaluces que viajaban en peregrinación a La Meca, en los mercados del Medio Oriente, niños negritos que se acostumbraban a traer como recuerdo para ofrecerlos a las damas en calidad de pajes, del mismo modo que pudiera traerse una media luna de plata batida comprada en el zoco de los bakalitos en Bagdad, o una piedra negra amuleto para colgar del cuello, reproducción en miniatura de la santa piedra que los creyentes de Alá veneran en el templo de la Kaaba.

Sangre de guerreros vencidos o sangre de esclavos sumisos, los negros que pervivían en España en los finales del siglo XIV componían un censo numeroso, acaso el diezmo de la población, ya que toda casa, tanto de gente principal como de artesanos burgueses o labradores, se tenía en menos si no disponía entre su servidumbre blanca, de algún esclavo negro, testimonio permanente del bienestar y holgura económica del dueño.

El número de negros esclavos en Sevilla sería probablemente superior al de otras muchas ciudades, por la proximidad de África que permitía renovar con frecuencia los esclavos, los cuales se vendían en el mercado público cada vez que arribaba a nuestro puerto del Guadalquivir alguna galera real que hubiera tenido la fortuna de apresar en aguas del Estrecho de Gibraltar, alguna embarcación berberisca, cuyos remeros, generalmente negros, pasaban de servir al sultán de Marruecos, a ser propiedad del capitán de la galera castellana. 

Estos esclavos tenían una suerte bien miserable. Cuando ya por su edad o su desgaste no estaban en condiciones de seguir rindiendo trabajo en las faenas agrícolas, en el acarreo de aguas para usos domésticos, en la construcción de edificios, o en el simple azacanear con el fardo al hombro tras su amo mercader recibían generalmente la libertad o manumisión. Libertad bien irrisoria, puesto que solamente les servía para encontrarse desamparados, pues que su dueño al otorgársela, quedaba libre de la obligación de mantenerlos. Con esto se encontraban en las calles, acurrucados en los quicios de las puertas, o sentados en las gradas del pórtico de cada iglesia, docenas de negros famélicos, viejos, o enfermos o tullidos, esperando una caridad de pan si alguien se la daba, o que les cerrasen los ojos si allí les sorprendía la muerte.

Para remediar a esta masa desvalida de las pobres gentes de color, el arzobispo piadosísimo, caritativo y al mismo tiempo enérgico, don Gonzalo de Mena, decidió fundar un hospital. Decimos que piadosisimo por la intención que le animaba de salvar aquellas almas amenazadas de perderse en la desesperación a que les inclinaba su indigencia. Decimos que caritativo, por el remedio que se proponía dar a las necesidades y lacerías de aquellos cuerpos pecadores. Y decimos que enérgico porque don Gonzalo de Mena fue el prelado que con pulso y brío supo regir la archidiócesis de Sevilla, atreviéndose a pleitear cuando fue preciso contra los poderosos de la familia de los Rivera, el imponer la paz y la concordia cuando las rivalidades y las banderías entre los Ponces y los Guzmanes ensangrentaron Andalucía, como en Verona había ocurrido entre los Capuletos y los Montescos.

No fue fácil a don Gonzalo de Mena allegar los medios necesarios para la fundación de su hospital, pero firme en su propósito caritativo, consiguió al fin hacia el año 1399 edificarlo, según se cree, al lado del entonces existente convento de San Agustín. El hospital estuvo puesto bajo distintas advocaciones de la Virgen, como Nuestra Señora de la Estrella, Nuestra Señora de los Reyes y Virgen de Gracia. con el fin de que los negros no acudieran solamente al tal cuando estaban enfermos a pedir que les socorriesen, sino que en salud fueran también a recibir enseñanzas de la doctrina cristiana y a practicar los Sacramentos, instituyó también don Gonzalo de Mena la fundación de una Hermandad o Cofradía que celebró sus cultos en la capilla del mismo hospital. Y se dio tan políticas y pastorales trazas el buen prelado para conseguir su objeto, convenciendo a los amos para que dieran permiso a sus esclavos para asistir a las Misas y actos de Cofradía, y para inculcar en éstos el deseo de frecuentar la capilla donde se sentían, al menos unas horas sin otro dueño que Dios Padre, que pudo asegurarse que pertenecían a la Hermandad, todos los negros de la ciudad de Sevilla.

Esta Hermandad de los Negritos, durante el siglo siguiente comenzó a opular, pues recibió ricas mandas testamentarias de algunos devotos, siendo el principal acaso, mil maravedíes que el año 1463 y por testamento otorgado el 21 de enero, dejaba a la Cofradía don Juan de Guzmán, duque de Medina Sidonia.

El haberse reunido los negros para esta finalidad religiosa implicó, tal vez como lo previera el prudentísimo don Gonzalo de Mena, una importante mejora en la condición social en que se encontraban, pues ya ningún amo se atrevía a maltratar a su esclavo negro injustamente por temor a que la Hermandad, que contaba con el apoyo de la Iglesia y de algunos principales señores, le pidiese cuentas de su injusticia.

De este modo, gracias a la existencia de la Cofradía se suavizó notablemente la aspereza en que hasta entonces habían vivido los pobres esclavos. Ya a finales del siglo XV obtiene incluso cierta consideración política, puesto que los Reyes Católicos conceden a la Comunidad negra el derecho de administrar justicia en las rencillas y disputas que entre ellos se suscitaran, mediante la creación de un «mayoral» o juez de los negros que era él mismo negro también. Y este mayoral tenía además el cargo público de representar a los negros ante las autoridades de la ciudad, de tal suerte, que podía entablar con fuerza legal, querella contra los dueños que hiciesen mal uso de sus esclavos.

Uno de estos mayorales fue el famoso Juan de Valladolid, negro que había sido portero de cámara de la Corte de Isabel la Católica, y que erigido en representante de los negros, ejerció su cargo con tal dignidad, y consiguió de la reina tal apoyo, que mereció con justicia que se le considerase, se le respetase y aún se le temiese tanto como a cualquiera de los aristócratas de la Corte llamándosele el Conde Negro, y, con tal sobrenombre ha pasado a la Historia y aún se conserva dicho nombre en una de las calles de nuestra ciudad. Este nombre se ha dado a una calle donde vivieron también muchos de ellos cuando eran libres. El nombre ya aparece en el siglo XVII al menos y figura en el plano de Olavide. Sin embargo, no era una calle tan larga como hoy sino una calleja sin salida desde Guadalupe a San Primitivo nada más. Fue alargada en el siglo XIX, pero el nombre sigue.

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