TUMBA DE COLÓN

SEVILLA Y LA NOSTALGIA DE LAS COLONIAS

[amazon_link asins=’8401389844′ template=’ProductAd’ store=’dvdmena-21′ marketplace=’ES’ link_id=’65925833-3681-11e7-a6be-bdb43dffa9de’]Con el retrato del abuelo que estuvo en Filipinas, con la evocación del paisaje cubano en las guajiras cantadas por los repatriados. Sevilla tenía en aquellos años de 1.920 y 1.930, todavía un nudo en la garganta, un regusto a habitación cerrada en una casa que se hereda y donde ya murieron hace tiempo los último parientes.

Los recuerdos de Cuba y Filipinas acompañaron a Sevilla, como en el fondo de un espejo turbio de polvo, con figuras fantasmales, borrosas, pero amadas. Hasta que en 1.936 vino la Guerra Civil, y el estruendo de las bombas de aviación puso en fuga y condenó definitivamente al olvido a todas aquellas viejas sombras queridas.

Por toda partes permanecía el recuerdo de nuestras colonias. En todas las casas se conservaba algún testimonio de alguien que había estado allá lejos. El loro o el guacamayo, que como viven tantos años, todavía perduraban en la jaula o en la pecha; el sombrero de ligerísima palma llamado de «jipijapa» aunque en realidad hubiera sido manufacturado en La Habana; el mantón de Manila con cabecitas de chinos bordadas, y con policromados pavos reales; los tibores, que eran unos vasos de porcelana fina con tapadera, para guardar el té, pero que se solían emplear en las casas sevillanas como guardar botones, cuentas, o abalorios.

Las fotografías, enmarcadas, se usaban para adornar las paredes, y abundaban las de soldados con el traje de rayadillo del uniforme colonial, retratados aliado de palmeras, en paisajes de Ultramar.

Las tiendas de comestibles se llamaban «Almacén de Coloniales», o «Tienda de Ultramarinos» conservando todavía el nombre de cuando vendían productos traídos de Ultramar, de las Colonias.

Entre las música que más se tocaban en las fiestas y bailes, figuraba ¿cómo no? La “Habanera” de lánguidos compases, que hacía derramar lágrimas de nostalgia a las señoras que años atrás habían vidido en Cuba, esposas de oficiales, de magistrados, de funcionarios, y habían asistido a los bailes en el Palacio de Capitanía en La Habana.

En los cafés, se seguía ofreciendo a los clientes el “Café de Puerto Rico”, aunque ya en realidad el que se servía era café comprado en Brasil.

Pero el mayor recuerdo era el de los muertos. Rara era la familia sevillana que no había perdido algún miembro joven en la terrible guerra de Cuba. Aún en las conversaciones, era frecuente oír hablar del tito o del primo que murió poco años atrás, en una emboscada de los mambises, o de la fiebre amarilla, en la manigua cubana.

Algo menos se hablaba de Filipinas, pero también había dejado recuerdos aunque aquella colonia fue más lejana, y de menos importancia para España. Joaquín romero Murube, en uno de sus delicados poemas, alude a este recuerdo tenaz que, vivo en la Sevilla de los años veinte.

 

En el fondo de mi vida

Hay un blanco, blanco patio

Patio de una casa grande

Por donde ruedan mi años…

Chorro de agua, gorgoritos

Copo amarillo volando…

El viento inflaba los toldos

Como las velas de un barco…

Y el retrato del abuelo

Con su cortejo malayo

En estancias filipinas,

Todos de pie, y él sentado…

A las seis, doña Natalia

Vestida de negro raso:

-¡Ay, mi pobre maridito!

¡Hoy hace veintidós años!…

Y hacia el patio ensimismado

El eco de las campanas

Baja trémulo, temblando…

 

Hay tres etapas en la vida del soldadito español que iba destinado a los batallones de la guarnición de la isla de Cuba. En los primeros días, aún vivía con el recuerdo próximo de la Península. Su corazón seguía unido al recuerdo de su paisaje natal, y a la novia que había dejado en España. Le parecía que la estancia en Cuba iba a ser breve, y no se desnudaba de su piel de origen. Así se puede apreciar claramente en esta «guajira» en la que vernos como el primer pensamiento del soldado era para su novia de España.

Al despertar la mañana

cuando alumbra el firmamento

se oye en el campamento

alegre toque de Diana;

sale la tropa cubana

formando por compañías,

el sargento de semana

pasa lista diligente;

y yo respondo “presente”

pensando en ti, vida mía.

Sin embargo a medida que el tiempo pasaba el soldado sentía desvanecerse los recuerdos familiares, y en cambio se le metía por los sentidos otros paisajes que se le iban volviendo familiares y entrañables; las plantaciones de caña de azúcar, los porteros de las Haciendas, el trapiche de moler caña, las palmerales a la orilla del mar, los bohíos y ranchos. Y por su puesto las mujeres cubanas, muchas de ellas mulatas, con la sangre ardiente y uno andares gachones y un deje sensual en el habla. El soldado revive vieja, viejísimas ocasiones ya vividas en una vida anterior cuando era soldado de Castilla que bajaba a la conquista de Andalucía, donde “tres morillas” le enamoran en Jaén. Hay veces que las coplas del soldadito español en Cuba adquieren la calidad poética de las «serranillas» del Marqués de Santillana, o del jocundo Arcipreste de Hita:

En un potrerito

me encontré con una indiana

se llamaba Juliana

el apellido no sé.

Yo mi caballo solté

las buenas tardes le dí

me dijo ¿Qué busca aquí?

-Vengo buscando unos bueyes­

y me respondió: ¡Mameyes!

usté a quien busca es a mí.

 

Al lado de la estampa de «serranilla» o de romance, del soldadito de artillería que iba buscando unos bueyes para remolcar un cañón de una batería pesada, y que se encuentra con una india, primer episodio amoroso en Cuba, aún adornado de cierto romanticismo, viene la etapa de la borrachera de carnalidad. El soldado ya veterano, se ha aprendido los «bohíos» (los bujíos diría él en su lengua andaluza), en donde encontrar a las mulatas, maliciosas e incitantes. A veces tiene que disputárselas a los negros, que no pueden ofrecer la gallardía (deslumbradora para las mujeres) de un uniforme:

 

«En San Juan de los Remedios

las mulatas tienen don

porque dicen que los negros

sólo dan conversación».

 

Pero la guerra de Cuba se va enconando. La manigua arde en guerrillas. La protección a las haciendas de caña de azúcar se hace cada vez más difícil, y los soldados mueren a racimo, degollados en emboscadas de los mambises, o enfermos de la fiebre amarilla, y del vómito negro. Cuba es ya una pesadilla, pero la lejana España es un sueño lejano, y el regreso una esperanza que se va perdiendo. El soldado español, desalentado, canta una guajira, la última guajira, llena de nostalgia, de desesperanza, y de congoja:

 

«Pinté a Matanzas confusa,

la playa de Miramar

una casa y un palmar

y el nido de la lechuza.

Yo pinté por donde cruza

un bello ferrocarril

un machete y un fusil

y una lacha cañonera

¡Y no pinté la bandera

por la que voy a morir!

 

Estas canciones, si en Cuba debía tener una fuerza vital incomparable, cuando los repatriados las traen de regreso a Sevilla, llenan nuestras calles de melanocolia. Los soldados licenciados, durante años, siguieron cantando en Sevilla estas guajiras. Todavía en los años 1.930 los hombres que tenían cincuenta o más años, habían estado muchos de ellos en la guerra de Cuba entre el l.880 y el 1.898. Recordaban con nostalgia aquel episodio de su juventud. Pero Sevilla entera recordaba con nostalgia algo más: la época en que España tenía colonias, y venía de ellas e! Café, el cacao, las piezas de seda el azúcar de pilón, los pagayos;, y el ritmo lánguido y sensual de las «habaneras».

© 1982 Jose María de Mena

© 2017 David de Mena

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