Inundaciones

CRONICA DE LA MAYOR INUNDACION DEL SIGLO XX, Y SEGUNDA EN TODA LA HISTORIA DE SEVILLA, EN 1961

Las sucesivas cortas y dragados del gran río Guadalquivir, la última de las cuales en el sitio de Chapina desviando el cauce, alejaron para siempre el peligro de que este río inundase la Ciudad. Ya desde 1950 Sevilla podía dormir tranquila todos los otoños y primaveras, sabiendo que aunque se desbordase el Guadalquivir no podría afectar su crecida más que a algunas chozas de las Erillas, la Haza del Huesero, y el Manchón, pero sin afectar ni el Barrio de Triana ni muchísimo menos el casco urbano.

Pero en cambio los arroyos o ríos secundarios, como el Guadaira y Tamarguillo, empezaron ahora a amenazar, a causa de los desvíos a que se les había sometido en su trazado natural, a la creación de presas aguas arriba, y a la insuficiencia de los muros de defensa de sus márgenes, todo ello agravado por la construcción de barriadas amplias y populosas en el contorno de la Ciudad, precisamente junto a esos ríos afluentes.

Así en la primavera de 1948, por haberse roto un dique del Guadaira se inundó la barriada de Heliópolis y algunos lugares bajos de la Ciudad.

Pero la mayor inundación registrada en este siglo, y la primera en importancia de las padecidas por Sevilla en toda su historia, fue la que se produjo el día 25 de Noviembre de 1961, motivada por el arroyo Tamarguillo la cual fue de este modo:

Había estado lloviendo varios días aquel otoño, y las lluvias no sólo acrecentaron el caudal del Tamarguillo, sino que reblandecieron su talud, en la zona de la Autopista de San Pablo, que hoy llamamos Avenida de Kánsas City. A las tres y cuarenta y cinco minutos de la tarde en el talud de la orilla que mira hacia Sevilla, se produjo una Pequeña fisura que en pocos minutos se ensanchó convirtiéndose en una grieta por la que se precipitó el agua en tromba, inundando los campos marginales de toda la zona que separa el Polígono de San Pablo del Casco urbano. Momentos después se producían otras dos roturas del cauce, y el agua, formando un auténtico mar, se lanzaba sobre las barriadas de La Corza, el Cisne Alto, el Arbol Gordo, y San José Obrero.

Pero también una gran cantidad de agua continuó, siguiendo la línea de la Autopista, hacia la calle Luis Montoto, por cuya importante vía bajó un gran torrente, arrastrando cuanto encontraba a su paso, volcando automóviles, y llevándolos a San Benito donde quedó todo un montón de ellos, así como autobuses sumergidos. El agua, tras inundar las barriadas de La Calzada, San Benito, La Laboriosa, Campo de los Mártires y San Bernardo, se expandió en la Ronda hacia sus dos sentidos, dirigiéndose a la Macarena y a la Puerta de Jerez.

Por increible que parezca, siendo un sábado por la tarde, a la hora de compras y de paseo, no hubo víctimas, pese a lo extenso de la zona arriada, y a la violéncia de las masas de agua que descendían a la ciudad por calles tan pobladas y transitadas.
Muy pronto quedaron inundadas todas las zonas bajas del Este, Norte y Sur de la capital, desde el Prado de San Sebastián, por la Puerta de Jerez, Puerta de la Carne, barrio de San Bernardo, San Roque, Osario, María Auxiliadora, Ronda de Capuchinos a la explanada de la Macarena, con todas sus calles y barriadas aledañas, incluyendo San Julián y la Avenida de la Cruz Roja hasta su mediación.

Pero además, las zonas más próximas al Tamarguillo seguían recibiendo el agua que desbordaba de éste por las tres grandes brechas que se habían abierto en su cauce. Así La Croza, el Cisneo Alto, el Arbol Gordo, San José Obrero, Filpo y Rojas, Santa Justa y El Fontanal, desaparecían casi por completo bajo las aguas.

En aquella noche del sábado, Sevilla entera, desconociendo la magnitud de la catástrofe, a obscuras, separadas muchas personas de sus familiares por haberles sorprendido la avalancha en la calle y haber tenido que refugiarse en domicilios ajenos, pero sin poder comunicarse con sus familiares por estar cortadas las comunicaciones telefónicas, vivió horas de angustia y de pavor.

Para colmo, el agua que procedente del Tamarguillo inundaba las barriadas de la Ronda, introduciéndose por el alcantarillado, salió por nueva inundación en el sector comprendido entre las Calatravas, y la calle Tetuán, incluyendo la Campana, plaza del Duque, calles Jesús del Gran Poder, Trajano y Amor de Dios la plaza de San Martín hasta la plaza de San Lorenzo, y aún otra inundación parcial en la plaza del Museo, la Magdalena y la Plaza Nueva.

Según cálculos oficiales, la riada afectó a un tercio de la capital. En los primeros momentos más de tres mil quinientas personas hubieron de ser evacuadas de hogares que amenazaban hundirse, principalmente chozas de junto a la vía de La Corza, y casas de una planta en Arbol Gordo, el Fontanal, San Benito y Alameda de Hércules. Pero además de estas tres mil quinientas personas evacuadas y alejadas de la zona inundada, había muchos miles que se habfan subido a las azoteas y a pisos altos de sus propias barriadas. Testigo personal es el autor de este libro, pues en aquellos días era Teniente de Tropas de la Cruz Roja, y acompañando al Concejal Delegado de aquel sector, don Manuel Calleja Alvarez, interviniendo en tareas de salvamento y socorro, tuve que recorrer en lancha muchas veces el sector más castigado, desde el Retiro Obrero al Arbol Gordo y San José Obrero, donde el agua llegaba hasta los balcones, y para orientarnos y ver los rótulos de las calles, en vez de mirar hacia arriba teníamos que mirar hacia debajo de nuestra barca, metiendo la linterna en el agua.
Hubo un comportamiento colectivo muy heróico para ayudar a los damnificados. La misma noche de la riada, muchachos de los equipos deportivos del Frente de Juventudes, y de las Congregaciones Marianas de los jesuítas, se lanzaron con sus piraguas y barcas a las calles inundadas para salvar personas y para llevar alimentos de un lado a otro.

Los soldados americanos de las bases aéreas de San Pablo, Morón y Rota, trajeron helicópteros y lanchas. La autoridad militar, que en aquella fecha eran el Capitán General de la Región don Antonio Castejón y Espinosa, y el Teniente General Jefe de la Región Aérea señor González Gallarza, pusieron todas las tropas al servicio, para tapar con sacos terrenos las brechas del Tamarguillo, y para evacuar personas aisladas con camiones, lanchas y helicópteros.
El gobernador civil don Hermenegildo Altozano y Moraleda, y el Presidente de la Diputación don Miguel Maestre pidieron al gobierno de la Nación medidas de urgencia, y al día siguiente llegaron de Madrid varios ministros para examinar l’a situación, y el Jefe del Estado don Francisco Franco nombró al Illinistro don Pedro Gual Villalbf para que quedase en Sevilla presidiendo la Junta encargada del auxilio inmediato, y de la posterior reconstrucción de Sevilla.
El alcalde, don Mariano Pérez de Ayala dividió la Ciudad en sectores, encomendando cada uno de ellos a un Concejal. Finalmente el Arzobispo don José María Bueno Monreal puso todas las iglesias y edificios religiosos a disposición del vecindario para refugiarse, y ordenó que todos los recursos disponibles de Cáritas Diocesanas se distribuyeran, haciendo un reparto de miles de equipos de ropa, mantas, alimentos, medicinas, y cuanto podía mitigar la aflicción material del momento.

Es difícil destacar personas que descollaran por su comportamiento heróico, pues tanto de las tropas, como en los bomberos, en los sacerdotes, en el personal voluntario de Juvnetudes, Sección Femenina, Congregaciones Marianas, y otras entidades hubo casos de verdadero heroismo. También prestaron admirables servicios a Sevilla muchas gentes de los pueblos ribereños, que vinieron en barca y botes para ayudar al salvamento, así como la Capitanía General de la fixarina de Cádiz, que envió lanchas, personas y helicópteros.
En los días sucesivos, varios miles de personas hubieron de ser alojadas en refugios provisionales, no sólo para el tiempo que durara el agua en la Ciudad, y que tardasen en secarse y repararse los edificios. Había que prever que muchas casas, sobre todo las más antiguas, quedarían irremediablemente destruídas y hundidas, como en efecto ocurrió. Ante este supuesto, la Junta de Trabajo y Reparto, presidida por el Ministro Gual Villalbf, creó en su seno una Secretaría de alojamiento, que fue encargada a don Gregorio Cabezas, quién organizó los refugios para las familias sin vivienda, en las Cocheras de Tranvfas de la Puerta Osario, Almacenes de Luca de Tena, en la Enramadilla, Escuela del Magisterio, varios grupos escolares, el antiguo Cebadero de Cerdos de San Jerónimo, los Almacenes de la Junta de Obras del Puerto, el edificio en construcción del Colegio Nacional de Ciegos, y otros. Además el Delegado de la Obra Sindical de la Vivienda don Juan Márquez García puso a disposición de la Secretaría de Alojamientos todos los pisos de la barriada de Amate que estaban terminados de construir y que aún no se habían entregado a sus adjudicatarios.

Además la Junta de Trabajo y Reparto entregó a cada familia damnificada un ajuar completo de muebles, colchones y ropas, y se concedió una moratoria fiscal a los miles de comerciantes e industriales cuyos locales habían sufrido desperfectos, o habían perdido sus existencias.
La importante fábrica de tejidos HYTASA, presidida por don Prudencio Pumar, hizo increibles esfuerzos para no interrumpir su trabajo lo que de haber sucedido habría representado un paro de miles de trabajadores y una nueva calamidad económica. Afortunadamente, Y a pesar de las dificultades, pudo mantenerse en funcionamiento.

Algunas Hermandades, como la de San Benito, San Roque, los Negritos y otras, sufrieron daños cuantiosos en sus templos y objetos de culto. La Hermandad de la Sagrada Lanzada de San Martín, vio su paso casi destruido por haberse inundado totalmente el local en que se guardaba, cubierto por las aguas. También se perdieron muchos archivos importantes de centros oficiales, por estar situados en sótanos o plantas bajas. Así ocurrió con el Conservatorio de Música donde se perdieron miles de libros y partituras y un archivo de manuscritos musicales.

Nunca podrán calcularse en su totalidad los daños por edificios destruidos, mercancías perdidas, trabajos y jornales suspendidos. Pero aún siendo tan grave el quebranto que experimentó la Ciudad, pudo darse por satisfecho el vecindario, pues habiéndose movido de sus hogares más de cien mil personas, habiéndose evacuado una docena de barrios enteros, y habiendo quedado destruidos más de un millar de casas, solamente hubo que lamentar una víctima:un niño que sus padres habían dejado en una vivienda cerrada, y que pereció al entrar las aguas.

Por lo que hemos leído en antiguos documentos, y en las Historias de Guichot, y Borja Palomo, podemos colegir que la inundación del Tamarguillo de 1961 ha sido una de las mayores que Sevilla ha sufrido pero los resultados fueron mucho menos dramáticos, y no hubo hambre, ni epidemias como en las de los siglos anteriores, gracias a la buena organización que las autoridades nacionales y sevillanas fueron capaces de dar a los servicios, en tan difíciles momentos.

(C) José María de Mena

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